Notas


Escribiré aquí mis pensamientos sin orden, así nomás, ad vultum tuum. Concedería demasiada importancia a mi tema si lo tratara con orden, puesto que pretendo mostrar que es incapaz de orden.

La verdadera elocuencia se burla de la elocuencia; la verdadera moral se burla de la moral; la verdadera poesía se burla de la poesía.

El espíritu y el sentir se ensucian a causa del conversar. Hablar confunde el espíritu, el sentir. Mejor hablar poco, o silenciar. No digo nada y espero, espero, espero. Llegado el momento, hablo: “Se me hizo tarde”.

Si se engola, lo bajo de un hondazo; si se humilla, le doro la píldora; y siempre, siempre lo contradigo, hasta que comprenda las necedades que dice.

Todas las falsas bellezas que criticamos tienen admiradores, y numerosos. Dondequiera que miremos, ahí están: un, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete falsas bellezas.

Al ver la ceguera y la miseria del hombre, al mirar todo el universo mudo y al hombre embrutecido por la razón, abandonado a sus necios pensamientos y como perdido en este rincón del universo, sin saber quién lo ha puesto aquí, qué ha venido a hacer, qué será de él al morir, etc., me aterrorizo como un niño que hubiera sido llevado mientras dormía a un habitáculo tenebroso y que se despertara sin saber dónde está y sin medios para salir de ahí. Y entonces asómbrome de lo mal que andamos.

El Eclesiastés muestra que el hombre sin Dios está en la ignorancia total y en una desdicha inevitable. En efecto, es una desdicha desear y no poder alcanzar, rozar con los dedos lo que se quisiera manosear y estrujar. Pues bien, el hombre sin Dios quiere ser feliz y estar seguro de alguna verdad. Duda de todo, el ateo, carece de fe. Habita desde siempre la noche de los tiempos. No ve nada.

Cosa estúpida y digna de mofa: que haya hombres en el mundo que, después de haber renunciado a todas las leyes de Dios y de la naturaleza, hayan elaborado ellos mismos leyes ridículas a las cuales se someten. Ejemplos: los comerciantes, los militares, los abogados, los escritores… ¡los filósofos! Su ambición carece de fronteras: pretenden invadirlo todo, son voraces, temibles. Han matado lo más justo, lo más santo.

Qué poco hacen los hombres para ver un poco más, un poco más. ¡Qué poco! Nada hacen. Números sí hacen en cambio, leen los periódicos, compran casas, autos, celulares, computadoras portátiles, copulan, beben, endróganse, se van de vacaciones, de parrillada. ¡Linda manera de recibir la vida y la muerte!

El misterio de Jesús podría resumirse así: 1) Jesús busca consuelo en sus tres amigos más amados, pero ellos duermen a pata suelta. 2) Jesús les ruega soportar un poco con él, pero no lo escuchan, siguen durmiendo con feroz egoísmo. 3) Jesús está solo en la tierra, los amigos lo olvidaron. 4) Jesús está en un jardín, no de delicias, como el de Adán, donde se perdió todo el género humano, sino de suplicios. 5) Jesús sufre esa pena y ese abandono en el horror de la noche. 6) Jesús busca compañía y consuelo en los hombres, en cualquiera. Pero nadie lo recibe: ¡todos duermen! 8) Jesús, a poco de entregarse totalmente, al hallar a todos dormidos, siente enojo, raro en él. Y dice: “Pronto está el espíritu, pero débil es la carne”. 9) Jesús vuelve con sus amigos, pero al encontrarlos de nuevo dormidos, ya no se enoja, se resigna y los bendice: In nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti…”. 10) Jesús teme la muerte; pero habiéndola conocido, va a su encuentro y se le ofrece: “Llevame si querés, vamos”. 11) Jesús en la angustia. 12) Jesús se entrega al Padre.

Dijo Jesús: “Los médicos no te curarán, o mejor dicho: te curarán, pero al final igual morirás. Sólo yo curo de verdad, para siempre. Si estás en mí, si me habitas, no morirás, haceme caso”.

¡Cómo detesto a los que presumen de dudadores de los milagros! Montaigne habla de los milagros en dos pasajes. En uno, se muestra sabio, ¡pero en el otro se burla de los que creen que Cristo caminó realmente por encima de las aguas, curó a los leprosos, hizo vino con agua, resucitó a Lázaro, etc.! ¡Qué pelotudo, por Dios!

¡Qué ridículos somos al sentirnos bien en la sociedad de nuestros semejantes! Desdichados como nosotros, necios como nosotros, ignorantes como nosotros, ¿cómo podrían nuestros semejantes ayudarnos? Cada uno morirá solo. Entonces, hay que vivir en consecuencia, dejar de pavear. ¿Se construirían entonces lujosos palacios, existiría el oro cotizando en bolsa? No. ¿Las siliconas, la cirugía estética? Tampoco. Se buscaría la verdad, sin vacilar.

Un consejo: vive más allá del río, cerca de ti mismo, contemplando la obra de Dios.

¡Bienaventurados aquellos que buscan suprimir la idolatría de la faz de la tierra!

No es éste el país de la verdad, en absoluto. No lo es: la verdad yerra desconocida entre los hombres, como un leproso al que todos le rajan.

¿Hay que matar a los impíos para que exista la piedad?

Nada temo, nada espero, sin rumbo voy, me chupa todo un huevo. Los filósofos no son así. Los gramáticos de Port-Royal están muertos de miedo. Yo no. No temo vuestras censuras, vuestro odio, vuestros celos. Pero díganme, a ver, en qué voy mal, eh. Les costará trabajo hacerlo, están muy lejos.

Personas sin palabra, sin fe, sin honor, sin verdad, de doble corazón, de doble lengua, semejantes al vampiro que, por la noche, la sed lo hace emerger del sarcófago. Enemigos de Dios.

La literatura, ¡qué vanidad!

Desde la infancia, al hombre se lo carga con una pesada valija: honor, carrera, fortuna, hijos, amigos. Se lo aplasta: hay que aprender lenguas y tareas, gestos y actitudes, etc. Se le dice: “Sin salud, sin familia, sin honor, sin fortuna, sin amigos, estás muerto, kaput, no existís”. Se le encomiendan cargos y funciones que él detesta. Desde el amanecer, atareado. Insomnio, etc. ¡Extraña manera de ser feliz! Sí. ¿Qué podría hacer? Bastaría tirar todo a la zanja y empezar de cero. Pero no: porque de ese modo se preguntaría quién es y encontraría esta verdad: soy nadie. Y nadie quiere ser nadie. El corazón del hombre: ¡qué vacío y lleno de inmundicia!

Evidentemente, el hombre está hecho para pensar; en esto reside toda su dignidad y todo su mérito como criatura de Dios; y todo su deber consiste en pensar como es debido, en cosas importantes, no en huevadas. Empezando por uno: pensar en uno, ¿quién soy?, ¿adónde voy?, ¿qué hago acá?, ¿para qué viene al mundo?, etc. En cambio, ¿en qué piensa el hombre, eh? En minas, en fútbol, en guita, ¡en libros! ¿Y la mujer? Igual, igual pero al revés. Así nos va.

No nos contentamos con la vida que nos ha tocado en suerte: queremos vivir la vida de los otros, una vida imaginaria, y para ello nos esforzamos en parecer a alguien que no somos. Querer ser. He ahí nuestro mayor problema. Penamos incesantemente por embellecer nuestro ser imaginario, el que no somos, y descuidamos el verdadero, el que está ahí. ¡Mi Dios! ¡Qué pobreza de espíritu!

Los estoicos dicen: “Busca dentro de ti mismo. Allí vas a encontrar el reposo”. Esto no es verdad. Los que buscan demasiado dentro de sí mismos terminan mirándose mucho el ombligo y se vuelven egoístas, y con egoísmo no hay reposo, lo sabe todo el mundo. Los que no son estoicos dicen: “Sal afuera: busca la dicha en la diversión”. Esto tampoco es verdad. Afuera están las enfermedades. Demasiada joda te termina pudriendo. El reposo verdadero no está ni fuera ni dentro de nosotros, está en Dios, y Dios está en todas partes.

“Esta piedra es mía”, decía un niño, “yo la encontré”. “¡No! ¡Es mía!”, gritaba otro, arrancándosela de las manos. “Yo la vi primero.” Así empezaron los males del hombre.

En lugar de quejarse de que Dios se haya ocultado tanto, ¿por qué no le agradecen en cambio que no se haya mostrado tanto? ¿Por qué no le agradecen que no se haya descubierto a los sabios arrogantes, indignos de conocer a un Dios tan santo, etc.? ¿Eh? ¿Por qué?

La razón debería reconocer de una vez por todas que hay una infinidad de cosas que la superan, que viven más allá de lo razonable. Un mundo siempre nuevo existe más allá de la razón, sólo hace falta estirar la mano para poder tocarlo. Si no reconoce esto, la razón es estúpida, idiota, una debilidad. ¡Oh, seres idiotizados por la razón! ¿Cuándo dejarán de molestarme?

Objeción de los ateos: “¡Pero nosotros no tenemos luz alguna!”. Entonces, que se jodan. Y sí: porque ellos no tienen luz porque no quieren, no porque no puedan tenerla. Cualquiera puede tener un poco de luz. Pero ellos aman la oscuridad, las tinieblas.

¿Por qué una virgen no puede dar a luz? ¿Acaso una gallina no pone huevos sin haber sido fecundada por un gallo? ¿Qué distingue exteriormente a los huevos sin galladura de los que encierran el embrión del futuro polluelo? ¿Y quién nos asegura que la gallina no pueda formar, ella sola, ese embrión sin la ayuda del gallo? ¿Eh?

¡Conozcan por lo menos la religión que combaten, ignorantes! Si esta religión se jactara de tener una noción clara de Dios, se la podría combatir diciendo que no hay nada en el mundo que lo muestre con evidencia. Pero, puesto que ella dice, por el contrario, que los hombres están en la oscuridad y se regocijan en ella, y que Dios se ha escondido de ellos, reservándose sólo para aquellos que lo buscan con todo su corazón, los argumentos de sus retractores se vuelven ridículos. Estudien un poco, bestias.

Siguiendo a Cristo, habría que comenzar por compadecer a los incrédulos; ya bastante desdichados son por su condición. No creer es la peor de las desgracias. No habría que injuriarlos, entonces, sino cuando de esa incredulidad hacen vana ostentación.

Olvidarse de la muerte es morir.

¿Estoy solo contra mis treinta mil enemigos? De ningún modo, Dios me guía, ilumina mi senda. Salames: quédense con la hipocresía, con la vanidad, con el éxito, con el miedo, con la codicia, con la envidia, con el pecado: se los regalo. Yo me quedo con la verdad. Y a la mierda.