Metacrítica


Separar el Dasein, la existencia, es lo que lo lleva a Husserl a cortar relaciones con el absolutismo lógico, una doctrina de mucha mayor trascendencia que aquella de una simple variedad de interpretación de la lógica formal. Husserl. Husserl dice que los axiomas lógicos elevados a las proposiciones ofrecen en sí el modelo de las entidades puras, libre de hechos y fundamentos y descripciones ligeras. La concepción husserliana de lo formal, de lo mismo, es la misma que la de sus discípulos, ésa que marcó un a priori en la concepción de toda verdad, también aquélla de los apóstatas, la de la tesis del ser preordenado a toda sociedad. El movimiento del concepto llevó allende los Prolegómenos, porque las formas vacías del pensamiento no pueden ser aisladas de éste, separadas como miembros no pertenecientes a un todo, que, para la teoría tradicional del conocimiento, podríamos llamar “preguntas importantes”. Por eso, la validez de los comienzos lógicos era ya refutada incluso antes de Husserl: la llamada “doctrina dialéctica”. Todo muy cómico, sí. La extraordinaria eficacia de su teorema, algo muy especial en el comienzo, se explica sólo gracias a lo que anteriormente se exprimía enfáticamente (y ahora no). La conciencia de una relación o vínculo de todas las cosas es por demás inquietante, insostenible, algo imposible de madurar (o masticar). Por vez primera, desde la decadencia de la filosofía, la lucha filosófica contra el psicologismo testimonia la insuficiencia del individuo como apoyo legítimo de la verdad. Pero el antiindividualismo no llama la atención, es una huevada. La prioridad de todo con respecto al individuo es lo que se reconoce como la “desintegración” del propio individuo. Parece complicado pero no lo es. Al sustraérsele a éste –el individuo– el sonido que estructura toda la participación en la legitimación de la verdad, la lógica enajenada de toda realidad termina oponiéndose caprichosamente a su nulidad real. Lejos del razonamiento crítico-cultural, Husserl crea un pensamiento impresionante en el que se mezclan el derrotismo del individuo impotente ante el sufrimiento que provoca no poder desentrañar su situación monadológica. Así, los Prolegómenos hicieron las veces de sismógrafo histórico porque decían cómo se encontraba la mayoría de la gente ante este tema. Unen, los Prolegómenos, largamente, este maldito presentimiento de que la propia individualidad sería apariencia, nada, vacío, una ficción engendrada por la ley que se esconde en ella misma, enroscada como una vulgar culebra, repugnante, justamente porque esta ley, en efecto, degrada al individuo a la apariencia. El concepto de la esencia (Wesen) de Husserl lanza centelleos de una feroz ambigüedad. La pureza fenomenológica, alérgica a todo contacto físico, se nos presenta entonces ante los ojos como una ornamentación floral, un ikebana. “Esencia” era la palabra favorita de los nuevos artistas, el alma tísica llena de esplendores metafísicos, que surge únicamente de la nada, de darle la espalda a la existencia. Las entidades husserlianas son reflejos fantasmagóricos de una subjetividad que espera apagarse en ellas como una hornalla a la que se le gira la perilla. Su “sentido” más subjetivo es su fundamento, así como el más exaltado es el énfasis de su objetividad. Parece complicado pero no lo es. Mórbidamente vamos poniendo las cosas una al lado de la otra, evocamos desesperadamente el pensamiento de lo no-existente. ¿Qué es lo no-existente? El esfuerzo de la filosofía de Husserl es un esfuerzo en esa dirección: desentrañar lo no-existente (así como lo existente). La negación abstracta del subjetivismo es prisionera de su medio de influencia, y participa de ella la debilidad que se esfuerza en destruir. La fenomenología flota en una región brumosa. La alegoría preferida de esos años era la que componían las hijas de las nubes, de la tierra, de la lluvia, etc. Nadie ahí entre el asunto y el objeto: el embustero –fata morgana!– lograba la conciliación, el abrazo, incluso el coito. Filosóficamente, la esfera en la que estas pálidas formas femeninas, floridas e incorpóreas, se reflejan no es la esfera de espejitos de los boliches bailables. El incomodar –la mueca subjetiva frente a alguna cosa cuyo contenido nos desborda– es, sin embargo, un acto subjetivo, propio, no de otros. Por eso, la doctrina ontológica de Husserl, extensión del motivo absolutístico de la gnoseología y la metafísica, se alía con la doctrina de nuestras malas intenciones. Es buenísimo que así suceda, ya que ellas desplazan de este modo el procedimiento que había hecho surgir, ¡como por arte de magia!, el absolutismo lógico, que es terrible y dificilísimo de neutralizar. Gracias a estas dos doctrinas hermanadas, “lo pensado” (todas las boludeces que “pensamos” a lo largo de la vida) se atomiza en “actos” individuales, “experiencias” (Erlebnisse). Parece complicado pero no lo es. A través de “lo pensado”, que se desdobla en innumerables experiencias pasadas y futuras, la filosofía se descarrila y se estrella contra sí misma. Se hace mierda. ¡Adiós al mundo “óntico” de la maldita filosofía! ¡Adiós!, ¡adiós! El individuo que se desagrega, que se parte, que se fractura, es sólo la totalidad de las experiencias puntuales infladas a más no poder, un sucedáneo de la experiencia verdadera. No es la experiencia real. Esto hay que entenderlo. A ver: la experiencia aparente, eje de la uniformidad de la vida cosificada, se compone de instantes dispersos en el mundo fenomenológico de las apariencias, no-cumplimientos, caducos y consagrados a la muerte, sin sentido metafísico ni nada, ilusiones totales, mentiras y más mentiras, mentiras por donde mires. De esa falta de realidad se burlaba el poeta Viggo Mortensen: “No puede ser lo que no puede ser”. Impecable manera de decirlo. Lo dejó bien claro. Esa frase es el modelo histórico de la idea husserliana del universal que se ofrece a una intención singular, cualquiera sea: levantarse temprano, lavarse los dientes, tomar mate, alcanzar el colectivo, etc.
En los Prolegómenos, sin embargo, nos encontramos todavía en un terreno viejo. “Las verdades se dividen en simples y generales.” ¡Qué novedad!… Dice Husserl que lo individual y lo fáctico se equiparan sin más. (¡Todavía no sabía que son dos cosas bien distintas!) No se presupone alguna cosa independientemente de una esencia que atañe a su existencia. La entrega sólo es posible gracias a la abolición de la doctrina de los actos intencionales, que considera la misión –porque al fin de cuentas se trata de una misión, no hay que olvidarse– de entregarse a experiencias aisladas y no a la experiencia toda, en su totalidad. Hay que borronear, porque si no, si nos dejamos llevar por las ganas de comunicar, si cedemos a esa tentación estúpida de la comunicación, chau, cagamos. En cambio, si nos anclamos aquí y ahora, en el instante presente, podemos pronunciar “irrazonablemente” el nombre universal (Meinen), diferente, claro, del nombre individual de cada uno: Andrés, Matilde, Leonor, etc. Esta diferencia entre un nombre y otro puede verse muy bien en el contenido descriptivo de la experiencia aislada, en el cumplimiento actual e individual de la afirmación general. En la experiencia que se mezcla con otras experiencias, esta diferencia no se ve tan bien. Pero si la aislamos, sí se ve. Y de manera muy clara. Parece complicado pero no lo es. La calidad del acto, según esté referido, el acto, a algo universal o individual, varía mucho, no tiene nada que ver una experiencia con la otra, son casi opuestas. (Pero a veces no, ¡he ahí la paradoja!) A Husserl todo esto le importa un pito, no intenta dilucidar estas cuestiones. Es más: ni siquiera las indaga. El tipo va por otro lado. Sin embargo, a partir de la diferencia lógica de los objetos, supo dilucidar la verdad de la milanesa. Fue él, Husserl, el que supo establecer todos los matices de la oposición “hay que demostrarlo”/“no hay que demostrarlo”. Esta oposición aparentemente estúpida condujo a muchos errores en el pasado. Fueron muchos los que intentaron –¡pobres idiotas!– deducir dogmáticamente diferencias absolutas entre una experiencia y otra. Diferencias lógicas de los sujetos (que el sujeto piense mucho o poco, mal o bien, etc.) no sirven para ver este asunto con claridad, y Husserl, que era un cráneo impresionante, se dio cuenta de eso, lo vio antes que nadie. Fijando una separación natural entre una cosa perteneciente a algo universal o a algo individual, lo universal y lo individual se encontrarían radicalmente separados. ¡Y no es así! En el fondo se tocan, se rozan, dialogan, porque la experiencia universal y la experiencia individual son lo mismo, es hora de que eso nos entre. Pero todavía hay que desmenuzar la diversidad de estas dos clases de experiencias, cosa que parece complicada pero no lo es.
Empero, la descripción que hace Husserl sobre su experiencia efectiva contradice su programa fenomenológico. ¿En qué quedamos? Husserl, como buen fenomenólogo que era, desconfiaba mucho de las construcciones teóricas, burdos rudimentos de la psicología asociativa atomística. Así que: lo mismo, sí, pero experimentado singularmente. De eso se trata: de experimentar singularmente y no pluralmente, porque si experimentamos pluralmente terminamos creyendo que lo que le pasó al otro nos pasó a nosotros. ¡El sentido no existe! No hay nada que entender. Nada. Virtud del no-pensamiento. El pensamiento observándose a sí mismo puede darse cuenta de esto. Cuando el pensamiento se observa, el sentido desaparece. ¿Husserl lo sabía? Excelente pregunta. No lo sabemos. Por momentos Husserl se nos escurre. En los recuerdos que una persona guarda en su cerebro entran en juego factores de vital importancia como la relación del recordador con su objeto, la llamada “función identificante”: “esto yo lo viví”, etc. El hecho de que un recuerdo pertenezca a un individuo y no a otro, ya sea de forma disgregada o articulado en secuencias como en un film, nos define como seres humanos recordantes. Describir la relación que hay entre el recuerdo y el individuo en el cual ese recuerdo mora sería cometer un acto temerario, medio loco, porque esas relaciones siempre son muy enrevesadas.
Para Husserl, las materias del conocimiento son caóticas. La realidad es caótica, la vida también. El lenguaje es caótico. Todo es caótico. Y tiene razón. Luego la conciencia ordena –a la conciencia, como se sabe, le gusta esto; es más: ésa es su función: para que la “pantalla” no se descomponga en miles y miles de pedacitos–, pone las cosas en su lugar: esto acá, esto allá, etc. Así, la percepción es la construcción actualizada del presente (la muerte del presente), el uso de los sentidos para transformar el caos del mundo en una linealidad organizada y sin estridencias. ¡El triste oficio de los seres humanos! El acto (o la cosa) “sugiere” el sentido del acto (o de la cosa). Y así nos va. ¡La certeza de lo dado por la mente! ¡Y la necesidad de transparencia! ¡Siempre! La transparencia. Qué tedio, por Dios. ¿Y quién es Husserl, finalmente? Un desesperado, un pobre tipo. Había que decirlo. Alguien que busca desesperadamente cuajar esta mediación. ¿Y lo logra? Imposible saberlo. Si nos guiamos por sus escritos, no. Pero si miramos una fotografía de él podemos sospechar, a través de sus ojos, cierta satisfacción, cierto orgullo vinculable, ¿por qué no?, a una bella victoria. Orgullo del que ha, al menos momentáneamente, alcanzado una meta largamente acariciada.
Pego un salto para empezar a cerrar. Eternamente en litigio, Husserl. Sí, porque a la larga refuta el propio concepto de lo absoluto. ¡Y ahí se pierde! La anticuada filosofía de la conciencia. El maldito “pensamiento”. Su función objetiva. ¡Los filósofos del ser! ¡Ay! ¡Cuestiones de identidad, de pertenencia! ¡Ja, ja! ¿Qué identidad? ¿Qué sujeto? ¿De qué me hablan? Pero. Siempre hay un pero. El idealismo no es, sin embargo, la no-verdad. Es la verdad en su no-verdad. Demos vuelta el tapiz. ¿Y qué encontramos? De todo, para todos los gustos. Porque el idealismo es tan necesario en su origen como en su caducidad. Está y no está. Sirve y no. ¡Una forma monadológica! El individuo, al saber de sí mismo, comprende. Y empieza a ver. ¿Qué? ¡Pues la verdadera realidad de este mundo falso! Mundo en el que los hombres son marmotas sin remedio y en el que cada cosa está alienada por la mirada que le adosan los marmotas. O sea: mundo espurio, mentiroso. ¡Mundo podrido! No hay más que eso. Imposible, pues, hablar de una eidética, porque no la hay. ¿De leyes universales, “esenciales”? Menos que menos. ¿El είδος trascendental de Husserl se realiza en la mónada? Imposible, olvidemos eso. ¿Y nosotros? ¿Qué hay de nuestras mónadas? Pocas veces en la historia de la humanidad el límite que separa apariencia y realidad ha sido tan impreciso. Salir de ahí. Sí: parece complicado pero no lo es. Que la conciencia, al fin, se domine a sí misma, que gobierne de una vez por todas, ¡por favor!, sobre ese maldito “ser” que la viene estrangulando desde el origen de la filosofía. ¡Miserias de la razón!