Dos


EL TEÓLOGO CATEQUISTA.– Recientemente, nosotros, usted y yo, estuvimos conversando de lo lindo sobre la inmortalidad del alma y la necesidad de un Ser que gobierne al mundo. Tenemos por delante la espinosísima cuestión de la justicia de Dios, ya que siempre se le objeta a Dios el desorden en el que mantiene las cosas de este mundo y del otro. Especiosa objeción. Deseo ante todo que organice usted con cuidado los elementos de esta cuestión, para que, cuando yo les aporte la luz de las verdades reveladas, los espíritus ignorantes sean alcanzados.
EL FILÓSOFO CATECÚMENO.– Acepto. Empiece a interrogar, lance la bola.
TEÓLOGO.– Vayamos a los bifes de entrada. ¿Usted cree que Dios es justo?
FILÓSOFO.– No sólo lo creo, lo sé.
TEÓLOGO.– ¿Lo sabe?
FILÓSOFO.– Lo sé, sí.
TEÓLOGO.– Y ¿qué entiende por “Dios”?
FILÓSOFO.– Aquel que todo lo sabe, que todo lo puede.
TEÓLOGO.– ¿Y cree que es justo, Dios?
FILÓSOFO.– Sí, absolutamente.
TEÓLOGO.– ¿Y qué es “ser justo”?
FILÓSOFO.– Ser justo es amar a todos los hombres.
TEÓLOGO.– ¡Vaya!… ¿Hombres, mujeres…?
FILÓSOFO.– A todos, sin distinción.
TEÓLOGO.– ¿Y qué es “amar”?
FILÓSOFO.– Amar es deleitarse en la felicidad del otro.
TEÓLOGO.– ¿Y qué es “deleitarse”?
FILÓSOFO.– Deleitarse es sentir la armonía.
TEÓLOGO.– ¿Y qué es la “armonía”?
FILÓSOFO.– ¿Me está tomando el pelo?
TEÓLOGO.– Para nada. Escarbo nomás para ahondar en verdades.
FILÓSOFO.– La armonía es la semejanza en la variedad.
TEÓLOGO.– Qué lindo eso. Podríamos decir, pues, que Dios, como es justo, ama a todas sus criaturas.
FILÓSOFO.– Así es, ciertamente, ciertamente.
TEÓLOGO.– Pero usted, que sabe tanto, debe saber que muchos niegan eso.
FILÓSOFO.– Sí. Muchos lo niegan. Pero no me importa.
TEÓLOGO.– ¿Y cuál es su argumento, entonces?
 FILÓSOFO.– Veamos… Hemos concedido que Dios es omnisciente…
TEÓLOGO.– Exacto.
 FILÓSOFO.– ¡Que no hay armonía si no hay conciencia de la armonía!…
TEÓLOGO.– Bien.
FILÓSOFO.– ¡Que toda felicidad es armónica! O bella.
TEÓLOGO. – ¿Y?
FILÓSOFO.– ¡Que la felicidad no pertenece más que a los espíritus! ¿Me sigue?
TEÓLOGO.– Más o menos. ¿Usted quiere decir que nadie es feliz si no sabe que lo es? ¿Un gato, por ejemplo, no podría ser feliz? ¿Y un niño?
FILÓSOFO.– O fortunatos nimiun, bona si sua norint!
TEÓLOGO.– ¿O sea que ser feliz no es más que sentir armonía?
FILÓSOFO.– La felicidad es el estado del espíritu más armónico posible. La naturaleza del espíritu es pensar; de ahí podemos deducir que la armonía del espíritu consistirá, pues, en pensar la armonía. Y la máxima armonía o felicidad del espíritu consistirá en pensar la armonía universal, es decir, a Dios. Pensar a Dios: he ahí la mayor felicidad.
TEÓLOGO.– Magnífico. Empiezo a entender. Con un mismo argumento queda demostrado que la felicidad del espíritu y la contemplación de Dios no son más que una sola cosa
FILÓSOFO.– Se aventura demasiado.
TEÓLOGO.– ¿No es así?
FILÓSOFO.– Es así y no es así.
TEÓLOGO.– ¡Cómo se divierte complicándome las cosas!
FILÓSOFO.– No se las complico. Simplemente afino la puntería de este diálogo. Para que no nos perdamos. Razonemos rectamente.
TEÓLOGO.– Sea. Pero ahora tiene que demostrarme por qué Dios ama a todos.
FILÓSOFO.– Délo por hecho. Si toda la felicidad es armónica –como lo he demostrado–, si toda armonía es conocida por Dios –según la definición de Dios–, y si todo sentimiento de armonía es felicidad –según la definición de felicidad–, podemos deducir entonces que toda felicidad es agradable a Dios, vale decir, que a Dios le gusta que los hombres seamos felices. Luego, Dios –según la definición de amor– ama a todo el mundo, y por consiguiente –según de definición de justo–, Dios es justo con todos los hombres.
TEÓLOGO.– Clarísimo. Impresionante. Poco le falta para que le diga que casi lo ha demostrado. Les mete, así, la tapa a aquellos que han negado la universalidad de la gracia.
FILÓSOFO.– No cantemos victoria. Cautela. Tanteemos. No cometamos el error de menospreciar al enemigo. Cuando ellos dicen que Dios ama sólo a los elegidos, están sugiriendo que Él ama a unos y odia a otros. Y eso no es así. Dios no odia. Dios simplemente ama menos. A todos ama Dios, pero a unos da menos amor por razones que sólo Él conoce. En cuanto a la cuestión de por qué sucede esto, por qué Dios ama más a unos que a otros, no es éste el lugar de desentrañarla.
TEÓLOGO.– Sería bueno que encarara ahora, de la misma amena manera con la que ha venido tratando los tópicos precedentes, las dificultades que se levantan de allí, ¿no?
FILÓSOFO.– ¿Dificultades?
TEÓLOGO.– Sí. Escuche. Si Dios disfruta de la felicidad de todos, ¿por qué no ha hecho felices a todos? Si ama a todos, ¿cómo es que condena a un gran número de ellos? Si es justo, ¿cómo es que se muestra a tal punto falto de equidad como para fabricar con la misma materia, con el mismo barro, vasos ordinarios por un lado y delicados por otro? ¿Y cómo no es Él el primer responsable de que los hombres pequen, si habiendo sido capaz de eliminar el pecado de la faz de la tierra, conscientemente lo admitió o toleró? ¿Eh? A ver, responda si puede.
FILÓSOFO.– Me abruma con el número y el peso de las dificultades que me plantea. Me puso en jaque.
TEÓLOGO.– Exacto. Lo quiero ver ahora.
FILÓSOFO.– Vayamos por partes. A ver, desmenuce.
TEÓLOGO.– Bien. No hay nada que se realice sin razón. ¿Estamos de acuerdo?
FILÓSOFO.– Hasta tal punto estoy de acuerdo, que se podría afirmar que no hay cosa en el mundo a la que no sea posible asignarle una razón. El que niegue esto no entiende nada, está en las nubes.
TEÓLOGO.– No tengo nada que oponerle a esta demostración. Excelente. Porque todos los hombres, cuando perciben alguna cosa, enseguida preguntan por el “porqué” de la cosa. Y una vez que descubren el porqué de esa cosa, si andan con ganas de perder un poco el tiempo, se preguntan por el porqué del porqué primero. Y así siguen, cual filósofos, siguiendo una larga cadena de porqués, hasta llegar al primer porqué, el porqué primigenio de la cosa. ¡Así avanza el hombre con su pensamiento!
FILÓSOFO.– Exactamente. E incluso más: es necesario que sea de este modo. De lo contrario, el edificio de la ciencia se vendría abajo. Nada tiene lugar sin razón. ¡Nada! ¿Cómo resolveríamos los teoremas de aritmética, de geometría, de física y de moral, por más simples que éstos sean, sin la ayuda de la razón? La prueba de la existencia de Dios se apoya exclusivamente en esta verdad, en esta conclusión.
TEÓLOGO.– Entonces, concedamos: no hay nada que pueda descubrirse sin razón.
FILÓSOFO.– No es una concesión decir esto.
TEÓLOGO.– Está bien. Pero ¿qué hay de todas las dificultades que surgen al afirmar una verdad de esa índole? Pongamos por caso: Judas fue condenado.
FILÓSOFO.– ¿Y?
TEÓLOGO.– ¿No hubo razón en eso?
FILÓSOFO.– No haga que repita. ¿No lo hemos dicho recién?
TEÓLOGO.– ¿Y en qué consistía?
FILÓSOFO.– ¿Qué cosa?
TEÓLOGO.– La razón de su condena, ¿cuál fue?
FILÓSOFO.– El odio. La disposición de espíritu en la cual murió: el odio contra Dios. Murió como un necio, un desesperado, odiando. Y ese odio es suficiente para mandar a cualquiera a las llamas del averno. El odio contra Dios, contra el ser dotado de la suprema felicidad, está indisolublemente ligado al dolor, ya que el odio no es otra cosa que sufrir por la felicidad en la que vive el otro a quien se odia. Eso es miseria asegurada, condenación, crujir de dientes. En el momento de la muerte, el alma, cuando abandona el cuerpo, no está ya más abierta a nuevas sensaciones externas, se apoya, ¡sin remedio!, en sus últimos pensamientos, y si esos pensamientos abrevan en el charco del odio, entonces la cosa se complica y corremos el riesgo de perdernos para siempre.
TEÓLOGO.– Pero ¿de dónde viene el odio contra Dios, eh?
FILÓSOFO.– De creer que Dios, como si no tuviera otra cosa mejor que hacer, nos odia especialmente, con dedicación.
TEÓLOGO.– ¿Y por qué el condenado cree que Dios lo odia?
FILÓSOFO.– Qué sé yo, por muchas razones. Por considerarse infeliz y creer que Dios está detrás de su desdicha. Por considerarse feo y creer que Dios está detrás de su fealdad. Por considerarse estúpido y creer que Dios está detrás de su estupidez.
TEÓLOGO.– ¿Y no es así?
FILÓSOFO.– Veo que no cejan sus intentos de chicanearme.
TEÓLOGO.– Es que tengo muchas dudas.
FILÓSOFO.– Tanto va el cántaro a la fuente…
TEÓLOGO.– ¡Se sirve de metáforas!
FILÓSOFO.– De metáforas, no. ¡De la belleza!
TEÓLOGO.– No dé más vueltas. Haga caer el velo de una buena vez.
FILÓSOFO.– Ya cayó. ¿No se percató?
TEÓLOGO.– No. ¿Cuándo fue? ¿En qué momento? ¡Repita! ¡Por favor!
FILÓSOFO.– Okay. ¿Se ha olvidado, acaso, de lo que le dije cuándo usted me indagó sobre la condenación de Judas? Resumo. Usted me preguntó cuál era la razón de su condenación. Yo le respondí: el estado de espíritu en que se encontraba cuando murió, el odio contra Dios. De hecho, en el momento de la muerte, el alma…
TEÓLOGO.– Saltéese eso. Me acuerdo. ¿Y?
FILÓSOFO.– El alma entonces abandona el cuerpo, el alma ya no se abre a las nuevas sensaciones externas…
TEÓLOGO.– ¿Está sordo? Le dije que pasara por alto todo eso.
FILÓSOFO.– ¡Es que si no recapitulo pierdo el hilo! Estamos razonando. ¡No se olvide de que argumentamos adecuándonos a un método!
TEÓLOGO.– Sea.
FILÓSOFO.– El alma, le decía, en el momento de abandonar el cuerpo se agarra fatalmente a sus últimos pensamientos, y si estos pensamientos son de odio, y más de odio contra Dios, entonces no hay escapatoria: derecho al infierno nos vamos. Ese odio trae dolor, el dolor más alto, porque la felicidad de Dios por la cual el condenado sufre es la más alta, la más elevada.
TEÓLOGO.– Ahora sí. Pero le hago una pregunta.
FILÓSOFO.– Dos.
TEÓLOGO.– Usted dice que, del mismo modo que la desgracia crece perpetuamente, también así crece la felicidad, que no es otra cosa que visión del ser divino. No entiendo, entonces, cómo la visión de Dios podría crecer, ya que si es visión de Dios, es perfecta, y si es perfecta, no puede crecer. ¿Estoy errado?
FILÓSOFO.– Un poco. Su mayor problema es la manera en que formula las preguntas. Se complica al divino botón. ¿Qué me quiere preguntar exactamente? Sea preciso.
TEÓLOGO.– Es que ya me perdí. Discúlpeme. Tanto razonar con usted me ha hecho perder el motivo de mi reciente curiosidad. Ya no sé qué preguntarle.
FILÓSOFO.– Pues bien. No pregunte nada, entonces. Mejor así. Vayamos cerrando el asunto. Me está picando el bagre y a mi cuerpo le vendría bien un sustento. ¡No sólo de filosofía vive el hombre!
TEÓLOGO.– No sólo de filosofía, no, por supuesto. Adhiero a su propuesta. Tengo el espíritu embotado. También mi cuerpo reclama su alimento.
FILÓSOFO.– Para terminar, hago un pedido: que no se me juzgue de antemano. ¡No sean necios! Pues espero, si soy leído atentamente, llevar a todos mis posibles detractores a reconocer que estoy en lo cierto, que digo verdad. Teófilo, amigo, lo único que busco es hacer más clara la armonía entre la fe y la razón, y más evidente la locura de todos aquellos que, o bien hinchados de ciencia, menosprecian la religión, o bien, orgullosos de la revelación ofrecida, odian la filosofía.
TEÓLOGO.– Alabo su modestia. Muchos frutos he recogido de lo que hemos conversado. Estoy muy contento de haber recibido de usted los elementos con qué cerrarles el pico a aquellos que, haciendo gala de una imprudencia suprema, no respetan ni las Sagradas Escrituras ni el ejemplo de los Santos Padres, y que están llenos de razones estúpidas, como usted ha demostrado con incomparable claridad. Tiempo vendrá –¡lo auguro!– en que tendremos en usted un instrumento para desentrañar las más grandes oscuridades, a fin de que, una vez que nos hayamos adentrado en los meollos más ásperos de la fe, todas las tinieblas y todos los espectros de las dificultades más enrevesadas sean expulsados cual gargajos, como en virtud de un exorcismo. Listo. Ahora sí: ¡a comer!