Cojito


Si Cojito es, en el mundo, un hombre con defecto, el lugar de lo empíricotrascendental –de él, el suyo– es una suerte de figura equivocada que la vida ha hecho posible. Cojito no puede darse en la transparencia inmediata y soberana, y por lo tanto no puede residir, digamos, en lo estable: lo sigue el pozo. Nunca llegará, Cojito, a una conciencia de lo feliz propio. ¿Por qué? Porque su manera de andar se funda siempre en otra dimensión: la del cojo. Indefinidamente caminó, Cojito, reflexionando sobre el hecho de bascular, de ir basculando. Era él el que iba ahí. Por eso va de una mitad de sí mismo a la otra.
Cojito meditabundo. Medita, Cojito, piensa, piensa mucho mientras lo acuna el vaivén. De la pura aprehensión al caminar pasó en un momento de su vida al odio a su obstrucción empírica. Odiarse, eso fue lo que empezó a hacer Cojito. Odiar el amontonamiento sin ley de los volúmenes del cuerpo, el derrumbamiento (muchas veces se ha caído, Cojito), la lentitud. La tierra a la que se dirige Cojito no es un campo verdolaga sino un desierto amarillento en el que piensa que –¡al fin!– pensar en su cojera será cosa del pasado. Ilusionarse es bien de Cojito, porque lo empíricotrascendental de Cojito es el hecho mismo de sentirse desde siempre mala copia. Reflexiona en lo que considera importante: sus limitaciones para desenvolverse en la llamada “praxis social”. No encuentra su punto, su eje. Debido a que Cojito piensa, su especificidad no puede ser nunca bella. O digna. Algo bueno. O justo. No.
El hombre se llama incesantemente al conocimiento de sí, y eso Cojito lo sabe, lo tiene bien claro. Y así hace lo propio: se larga a conocerse. Y a medida que se conoce, a medida que se va adentrando en su interior, Cojito más temeroso se vuelve. ¿Cómo hago para no sentirme menos que el normal de los hombres? ¿Cómo hago para dejar de pensar y pensar en que cojeo y cojeo y en que no voy a dejar de pensar, ¡nunca!, en mi discapacidad? Hombre pensar en lo que no piensa, piensa Cojito, ilusionándose una vez más. Milagrosamente, así, robándole palabras al tiempo, se divierte Cojito. No es común en él. Por lo general, no se divierte, pero por un instante habita de esta manera la casa del normal, la casa de los que, a diferencia de él, se divierten y ríen a menudo.
¿Es terco, Cojito? Sí, porque metido de lleno en sí mismo, no ve lo que pasa afuera, y entonces se empecina en él, se repliega, y de a poco va muriendo. ¿Cómo es que el normal puede estar en la vida sin pensar en su límite y yo, en cambio, estoy, sí, en la vida, pero pensando constantemente en aquello que me escinde de los otros? Teje una malla de sinsabores, Cojito. Todo el día. Pulsaciones de cojo. Ombligo del cojo. Eso inunda su experiencia. La abate. ¿De dónde viene ese rigor tan extraño? ¿Quién se lo inculcó? ¿Cómo aprender a hablar un idioma que no existe? ¡Quimera! Miles de años así. Porque desde que el mundo es mundo han existido los cojos. Castigo que duerme en las palabras, en las hechuras que tejen los mortales. Centellean las palabras en la mente de Cojito. Se siente expulsado. Desde el principio del juego, aprendiendo a respirar. Para alojar la palabra del otro, la palabra del normal. Y su pensamiento, animado, lo castiga. Una parcela de innumerables posibilidades que nunca será suya. Un lenguaje que no podrá habitar, digan lo que digan.
El hombre: he ahí la maldición de Cojito. Pensar en el hombre, en sus falsos semejantes. El pensamiento contemporáneo no hace otra cosa que reavivar los temas que preocupan a Cojito. ¿Cuándo comenzaron el error, la ilusión, el sueño y la locura? Derivaciones del pensamiento. Consecuencias, piensa Cojito. Los otros: el lugar de posibilidad de todas las experiencias que por siempre le serán vedadas. El fin de los sueños, de los anhelos realizados. ¿Una evidencia irrecusable? Más o menos. Porque Cojito es moderno, se sabe diferente pero a veces da batalla. No soy uno de ustedes, se dice Cojito, pero soy. ¿Qué? ¿Un error? Sí, puede ser, pero el espíritu se le ilumina a Cojito y ve salidas. No felicidad, pero grietas. Resquicios en los que meter la nariz. A fin de respirar. Por unas horas asume el peligro, el riesgo que corre. En cualquier momento puede volver a encontrarse con los otros, y chocar, así, con la imagen de anormal que los otros despiadadamente le embuten.
Por más moderno que sea Cojito, a veces cae, ya lo dijimos. Y sufre. Más que los demás. Eso es lo que piensa Cojito en este mismo instante. Cojito está solo, así se siente. “Soy un inútil, no sirvo para nada”, y esta sentencia se le afirma, hace quiste. Amar, ser amado, reproducirse: no son cosas para él, para Cojito. Una exterioridad inflexible, intransitable. Su ser entero vuelve a las caídas. Ahora es nuevamente una nervadura marchita por la que la gracia lenta se le escurre. Este movimiento doble de Cojito explica por qué el “yo pienso” le arruina el “yo soy”. De hecho, es así. Y no sólo es así sino que, a más pensamiento, menos ser tiene Cojito. Ser feliz, entendámonos. Ser en la felicidad. Cojito vive en una eterna duermevela. Truncado en su cuerpo. Y en su espíritu. Porque Cojito entra a perderse: ¿puede decir, Cojito, que este trabajo diario llamado “vida” va hacia algún lado? ¿Hacia dónde? ¿Puede decir que esta vida que lo envuelve es vida verdadera, que el tiempo que pasa consigo mismo Cojito es tiempo verdadero, eh? No, no puede. Desde su nacimiento, o desde el momento en que adquirió su cojera, Cojito encarna como nadie una serie pesante de interrogaciones: ¿qué soy, qué debo ser, yo, solo con mi pensamiento de cojo? Quisiera no pensar, salir, dejar de ser esto que soy: cojo y pensante, cojo por pensante. El pensamiento pestañea, lo nutre a Cojito. La apertura de Cojito, abrirse, para reinar soberanamente sobre él mismo y las cosas del mundo, es imposible. ¡Siempre Cojito! El pensamiento del no-ser. Vivir dentro de sí mismo, encadenado a su pensamiento. Piensa Cojito, y así existe: encarcelado. La cojera de Cojito. Kant, Hume, Husserl, ¿lo ayudan a Cojito? ¡Qué lo van a ayudar! Lo sumergen cada vez más en su vocación más profunda: pensarse cojo. ¡Maldito pensamiento, que lo encorva y lo encorva, que lo mete cada vez más en sí mismo, en la cárcel que lo abruma! Su propia historia, su pasado, qué mierda. ¿Puede el pensamiento escapar a sí mismo? Pobre Cojito. Una interrogación múltiple y proliferante en torno al ser. Todo al pedo. Y encima se va para cualquier lado y se engancha con cosas que pasaron en el siglo diecinueve, ¡e incluso en el dieciocho! ¡A quién le importa! No a él, evidentemente. Lee. ¡Y cómo! Busca. ¡Pero nunca encuentra! Y si encuentra, nunca encuentra lo que busca: la plenitud de la vida, del ser. Ser completo, sin cojera. Y así Cojito es hombre viejo, cansado, siempre cansado.
No conoce el silencio, Cojito. Siempre hablándose. Por eso, la fenomenología –incluso si se esboza primero a través del antipsicologismo– no podrá trazar en él nunca ningún puente, porque a los fenómenos no puede domeñarlos, Cojito. Establece, así, con ellos, una relación insidiosa, de cercanía, sí, pero al mismo tiempo, de irremisible ajenidad. Una relación en la que se ahogan los análisis empíricos del hombre, Cojito incluido. De las preguntas a la pregunta ontológica fundamental: ¿qué hago acá? Ésa fue la trayectoria de Cojito, su gran logro. Hay que imaginar, pues, su sufrimiento. Bajo nuestra mirada, su proyecto de vida no cesa de fracasar. Tal vez en su próxima vida Cojito pueda realizar su ser, pero en ésta seguro que no, eso es garantido.
Una ontología de la cosa esperada (siempre cojo) que lo pone fuera de juego. La primacía del “pienso, luego Cojito soy”. La relación entre el hombre y la cosa esperada o, más exactamente, encarnar un defecto, como un emblema. No poder nunca darse allí. Una reflexión que nunca, por más que Cojito insista, podrá ingresar en su conciencia: los mecanismos oscuros, las determinaciones sin rostro, el vagar incierto por los páramos. Cojito sabe, en cambio, qué es lo que le espera: la burla de los otros. No hay forma de disimular ese paisaje que llueve en su alma. ¡Ahí va Cojito! Porque Cojito se ve, resalta, llama la atención, enseguida está en los ojos de todos. ¡Qué odio el de Cojito para con ese viejísimo flagelo que surge de las sombras, de sus mismísimas sombras! Un odio mayor que el que siente por su cojera.
Así, los formularios de lo inesperado no son para ser llenados por Cojito. No hay la recompensa que brinda lo desconocido. Siempre en el conocimiento positivo del hombre. La cosa inesperada es un imposible gnoseológico para Cojito. Una falsa episteme. Cojito en los márgenes, carpiendo su propia parcela, una parte de la noche, un espesor aparentemente inerte en el que se consume como una gasa en el fuego. No nacido especialmente para él, claro, pero sí para albergarlo en la comunidad de los distintos. La playa oscura que Cojito interpreta, una región abisal, los confines de la naturaleza del hombre. No es para tanto, se dice Cojito a menudo, pero atado sigue y ahí va. Insistente, sin haber meditado nunca de manera autónoma: siempre atado a su cojera, nunca yendo más allá (o más acá). Hegel, Marx, Althusser… Espejismos. Una compañía inagotable, miles de estantes. Que el hombre bla, bla, bla, que el hombre bla, bla, bla, que el hombre bla, bla, bla. ¡Las verdades del hombre! Cojito compra, compra y compra.
La importancia del papel del pensamiento, su poder, lo acercará cada vez más a las costas de sí mismo en su defecto. Desenajenen a Cojito. Queremos un Cojito reconciliado con su propio ser. Un Cojito al que se le haya decorrido el velo de lo inesperado, al que se le pueda enseñar a escuchar. Un Cojito absorto en su silencio, ¿por qué no?
Ellos, los otros, crearon los imperativos que obsesionan a Cojito. Pequeño no poder vivir como grande (normal). La política, los humanismos, los deberes, la pura y simple conciencia de estar obligado, por siempre, a ser un ciudadano de segunda categoría. La historia oficial. Y así Cojito pierde el temple, desvaría, confunde el bien con el mal. Últimamente Cojito anda en ésa: se ha vuelto cínico, dice que ama su cojera, que la necesita, que sin su cojera no podría vivir, que se sentiría cojo sin cojera. Cojito dice haber dado la vuelta. Pero ¿tomó conciencia realmente, Cojito?, ¿elucidó el infinito de la cosa silenciosa, restauró el poema olvidado, indagó en el origen, reanimó lo inerte, lo prohibido, los anhelos más profundos? ¡Qué va! A decir verdad, Cojito está cada vez peor, hay que mirarlo en su relación con los poderes terrenales. Pura especulación, especulando con lo que sea, ésa es su acción, su día a día. Porque Cojito, que adscribe a sabiendas al pensamiento moderno, está sin moral, no hay moral posible para Cojito. El pensamiento, se dice Cojito, ya no tiene morada, no hay que deberle nada a nadie, bien/mal, qué me importa, dale que va, así Cojito piensa y arma, ahora sin saberlo, sus teorías, las teorías de Cojito, que son para cagarse de risa. Cojito cree que rompe, que disocia, que disloca. Pero no: anuda, anuda y anuda una y otra vez la soga que lo ahorca. Enumera puntos de una serie: Sade, Nietzsche, Artaud, Bataille… ¡Y con eso cree que alcanza! Cojito no se da cuenta de que ahora gira en círculos, de que salió de una caja para meterse en un ropero. En su simplicidad profunda –Cojito en el fondo es simple–, se dice y se dice que el pensamiento le da, a él, algo que no tiene: motricidad regular. Sin elección, Cojito. Con la ideología, con el sujeto, con las palabras y las cosas. Su importancia involuntaria reside en señalar con el dedo la manera moderna de ser del pensamiento. El límite, la línea que Cojito no podrá atravesar, ¡jamás!, porque una vez del otro lado, solo, sin amigos, debería al fin reconocer las ilusiones que, por siglos, lo han alimentado.