Parole


1. A veces me dan ganas de abismarme. Sufro (por el otro). Me vienen unas ganas terribles de suicidarme, de quitarme la vida, de no estar más acá, en el mundo, no soporto tanto sufrimiento. Una idea, una idea limpia, así, un poco loca. Pero no hago nada. En lugar de pegarme un tiro o de cortarme las venas, me sirvo un whisky. Después otro. Y así, de a poco, me voy emborrachando. El sufrimiento persiste, pero borroneado, más lejos, allá. Mi conciencia ya no es (sólo) deseo no saciado: estar, no sólo con el otro, sino en el otro, bajo su piel, morándolo. Ebrio, me siento mejor. Me hago una paja y me voy a dormir.

2. Fuera del coitus, hay ese abrazo con el otro que es simple encantamiento de estar así: abrazados y nada más que abrazados. Tenue voluptuosidad, digamos, el retorno a la madre, al abrazo materno, al perfume de mamá, etc. Abrazo incestuoso, actualizado ahora en el otro. Una bella gestión de deseos abolidos: ese abrazo no carnal es todo lo que necesito en este momento. Durante un instante soy feliz. Pero no, me engaño, ay. Lo genital surge inevitablemente: me excito. El adulto voluptuoso le gana la partida al niño inocente. Soy dos: quiero abrazo tierno pero también besos y mordiscones salvajes. ¡El poder irresistible de la carne!

3. De golpe, en la figura del otro percibo una falla, un defecto, un error. ¡Nunca imaginé que me podía pasar con ese otro, que tan perfecto era! Pero sí: me pasa. El otro pasa, así, a pertenecer a otra raza: a la de los simples mortales. Ya no es más mi dios, sino uno más, un ser cualquiera. ¿Qué pasó? Ni idea. Lo que sí sé es que ahora escucho ripios, síncopas que salpican la bella melodía del otro. Como la gallina, a la que sacan de la hipnosis con un chasquido de dedos, estoy ahora fuera del hechizo (apenado).

4. Vuelvo solo a casa. El otro se quedó en la fiesta y me dijo que venía más tarde. No bien giro la llave de la puerta de entrada, la angustia me agarra del cogote. Celos, inquietud, ansiedad. Me lavo los dientes, me desvisto, me sirvo un whisky y me meto en la cama. Me tomo un somnífero. Para matar el tiempo hasta que se me cierren los ojos, me pongo a leer la última atrapante novela de Sergio Chejfec. No alcanzo a leer un párrafo cuando escucho a los vecinos. En menos de un minuto ya están en pleno coitus. Me distraigo. Y me empiezo a excitar. Me olvido de los celos, de la inquietud, de la ansiedad, de todo. ¡Y me hago la paja! ¡Otra vez!

5. Ya que soy culpable (de todo), me voy a castigar, voy a maltratar mi cuerpo con un atado de ortigas, con un rebenque, con un palo, lo que tenga más a mano. Me entregaré, además, al estudio de la filosofía. Llenaré cuadernos con notas estúpidas. Me levantaré temprano para salir a caminar, cuando todavía es de noche, como un sonámbulo. Un día, cansado ya de todo esto, me retiraré a las montañas, me haré una cueva en las rocas, y allí haré morada, con mis trapos y mis libros. Hablaré con los pájaros, con las serpientes, con las alimañas. El sol será mi hermano. Volveré a nacer como un santo verdadero. Eso haré, sí. A la mierda.

6. Hay dos tipos de desesperaciones: la sabia (“te amo desesperadamente, pero no voy a matarme por vos, no soy idiota”) y la ignorante (un día, después de algún incidente cualquiera, me encierro en mi casa y, asfixiado de dolor, llorando a moco tendido, rompo todo: adornos, lámparas, cortinas, libros, etc.). Veo, como en un relámpago, la desesperación estúpida en la que estoy embarcado. Ay de mí: vivo una debacle, un naufragio. El otro es una piedra atada en el tobillo. Me ahogo. Me digo: “¡¡Qué triste me siento!!”.

7. Me consume esta contradicción: por un lado, creo conocer al otro mejor que nadie, creo saber todo del otro, y grito: “¡Yo te conozco ¡Sé cómo sos! ¡¡A mí no me engañás!!”; pero por otro, por momentos no tengo idea de quién es el otro; el otro se me vuelve impenetrable, inaprensible, opaco; no puedo leerlo como leo los libros que componen mi abultada biblioteca. El otro es un enigma, un desconocido. ¿Quién cuernos es el otro? Fracaso al intentar responder a esta pregunta; el otro me agota, estoy agotado por culpa del otro, me voy a la cama con el otro y copulamos sin importarnos verdaderamente quién es el otro.

8. Estoy en un bar. Espero al otro, pero el otro está retrasado, no llega, miro y miro el reloj, me empiezo a alterar. No puedo leer el libro que llevé para parecer interesante ante el otro. Me zambullo en la angustia de la espera. “¿No habrá habido un malentendido sobre la hora o el lugar? ¿Qué hago? ¿Lo llamo?” Pero salí sin celular, me lo olvidé, salí apurado de casa. “¿Voy a un locutorio? ¿Le habrá pasado algo? ¿Y si el otro llega cuando salgo a llamarlo?” Después me enojo. Puteo al otro: “¡Qué impuntual de mierda!”. Odio a los impuntuales. Pero enseguida el enojo da paso a otra emoción más liviana pero no por eso menos dañina: el desencanto. (comprendo) que el otro no va a venir, me dejó de farol, es un hecho. Pago el café que me tomé mientras esperaba al otro y me voy. La tristeza, carajo, una vez más.

9. El demonio es plural (su nombre es legión, está en la Biblia). Cuando logramos neutralizar a un demonio, cuando al fin logro hacerlo callar, hay otro guacho de estos demonios que levanta la cabeza y se pone a hablarme, a decirme cosas: vos deberías, él no te conviene, llamalo y decile, etc. La vida demoníaca del enamorado (yo) se parece a la superficie de una solfatara: cuando una burbuja estalla, hay otra que se infla y así. Es interminable, no se acaba nunca, uno vive esclavizado a las matrices misteriosas que dan vida a estas burbujas de mierda: “desesperación”, “celos”, “incompatibilidad”, “deseo”, “miedo de perder la dignidad”. La burbujas hacen plop, se suceden, se pasan el testigo. Y me devastan.

10. El bartoleo amoroso tiene, sí, aspectos hilarantes. Es un sainete poblado de ingredientes cómicos. Una ópera bufa. El Holandés Errante da vueltas por el océano en busca de la amada fiel. Yo, al igual que el Holandés, deambulo en pos de la felicidad eterna otorgada por la fidelidad del otro amado. No paro de dar vueltas: desde los tiempos de la infancia profunda yerro sin parar, me inmolo frente al altar del dios de la Imaginación. Soy pura fantasía, pura contradicción. Grito “¡Te amo!” a los cuatro vientos para ver si alguien sale a mi encuentro. Un otro amado fiel. Siempre alguien aparece. Un palo donde rascarse, un hueso que roer. Pero la felicidad no dura: a la larga o a la corta terminan engañándome. Siempre. Vuelta a deambular, y así. La comedia retorna (eternamente).

11. Por un lado, no digo nada, y por otro, digo demasiado: imposible un acuerdo. Voy de la concisión del haiku al despliegue de una sarta de trivialidades. Oscilo. Por momentos soy un genio, y por otros, nadie. La escritura me deja afuera, es indiferente a mis reclamos, al yo –estúpido– que quiere guiarla, darle cauce. El amor está ligado a esto. El amor y la escritura se parecen, son ejercicios afines: no soy yo el que lleva las riendas. Voy en su corriente como un pedazo de madera podrida, hundiéndome y no.

12. El sátiro dice: quiero que mi deseo sea inmediatamente satisfecho. Ya. Si veo una carita que duerme, una boca entreabierta, un pecho semidescubierto, quiero echarme encima. Este sátiro quiere todo ya –¡ahora!–, no puede esperar, no lo tolera. Es la figura opuesta a la del languideciente. El que languidece –yo– no hace más que esperar. Puede pasarse días esperando una migaja, un piquito, una mirada, un llamado, etc. El destino del languideciente es lo patético.

13. Para poder interrogar al destino es necesaria una pregunta alternativa –¿me quiere?/¿no me quiere?– y una fuerza exterior que marque uno de los puntos de la variación. ¡Siempre la misma pregunta! ¿Seré amado? Esta pregunta es alternativa: todo o nada, no hay grises. A veces la angustia es tan fuerte, tan punzante, que impera hacer algo, moverse. ¿Hacia dónde? Hacia donde el otro se encuentra. ¿Para qué? Para preguntar: ¿me vas a amar algún día o dejo de perder el tiempo con vos? El otro, mudo, se hace el otario. No dice nada, me evade, se esconde en una nube. La angustia sigue.

14. La mayoría de las veces estoy en la oscuridad total, no veo nada, un sorete. Desconozco mi deseo, no lo puedo ver. Nada. Nulo. ¡Tinieblas! Pero también a veces hay otra noche: solo, caviloso pero calmo, pienso en el otro con cierta displicencia, con algo de distancia. Veo la situación como es. ¡Como es realmente! Suspendo toda interpretación, dejo de dar vueltas. Durante unos minutos abandono mi cárcel, soy feliz. Milagro. Pero vuelvo y reingreso en la noche del tormento. El deseo continúa vibrando. No me doy por vencido, sin embargo. Hago un esfuerzo y vuelvo a salir. ¡Estoy afuera! ¡En la noche apacible! Pero vuelvo a caer, tarde o temprano vuelvo a caer.

15. Imaginemos la siguiente escena. He estado llorando por algo que el otro me ha hecho, voluntariamente o no. (Llorar, como se sabe, es una de las actividades más importantes del cuerpo enamorado.) Se me nota en la cara. Me pongo anteojos ahumados para que el otro no se dé cuenta de que he estado llorando por él. (Me oscurezco la vista para no ser visto.) Quiero apropiarme de ese plus moral que brinda el estoicismo. Pero al mismo tiempo quiero que el otro me pregunte qué me pasa, que me preste atención, ¡que me dé bola! ¡Quiero que me mimen, carajo! (¿Es mucho pedir?) Haciendo esto, arriesgo: es muy posible que el otro pase de largo ante mis anteojos ahumados, que ni siquiera me mire, que siga en la suya, hiriéndome aún más. Pero sin embargo no dejo de propiciar ese teatro, soy así.

16. Una suposición imposible: sentir al otro como él se siente a sí mismo. Así, si el otro se encuentra aborrecible, nosotros también lo aborrecemos. Si se ama, lo amamos. Si el otro sufre alucinaciones, si se vuelve loco, nosotros también alucinamos, nos volvemos locos. Ahora bien, sabemos que esto no puede suceder: me conmuevo, me angustio, ya que es muy feo ver sufrir a la gente que se ama, pero al mismo tiempo me importa un pito. Mi identificación con el otro es imperfecta: soy una Madre (me preocupo por el otro), pero una Madre egoísta (me preocupo a medias). Porque lo que sucede es esto: cuando me acerco al sufrimiento del otro, cuando comienzo a identificarme con lo que le está sucediendo al otro, lo que veo es que esa desdicha no tiene que ver conmigo, nada que ver. ¡¿Cómo es eso?! ¡El otro es desdichado sin mí! ¡¡Y con eso me abandona!! Me siento abandonado.

17. Sócrates: “Me he emperifollado para ir a casa de un bello mozuelo”. Yo también: me baño, me lavo los dientes, me acicalo y pongo linda ropa para ir a la casa de mi amado (el otro). Quiero parecerme a él porque él anda siempre limpio y bien vestido. Hago eso para que no deje de amarme. Lo imito, intento adecuarme a su imagen, licuarme en el otro. Es más, en mi locura amorosa, quiero ser el otro. ¡Y quiero que él sea yo! Encerrados en el mismo cuerpo, en la misma bolsa: así quiero estar con el otro, así vivir hasta la muerte, así, siempre así, ser una y la misma cosa con el otro: no importa qué, cualquier cosa, lo que sea. ¡No me importa ser cualquier cosa con tal de ser uno con el otro! Mi despropósito –obvio– termina humillándome, disgregándome, me convierte en un ser irreal, en un estúpido fantasma.

18. Una creencia muy arraigada: que los enamorados están locos. Qué locos ni ocho cuartos. ¿Se imaginan a un loco enamorado? Imposible de imaginar. La locura del enamorado no es tal. Es pobre, ridícula, una mera metáfora: el amor me vuelve casi loco, pero no llego a estar del todo loco porque si lo estuviera podría pasar al otro lado de la pared (y no puedo, me golpeo la cabeza una y otra vez). No hay nada sagrado en esta pseudolocura del enamorado (yo). Mi locura es invisible, demasiado humana, ridícula. Está domesticada totalmente por la maldita cultura: no da miedo (como se sabe, nada proveniente de la cultura da miedo). No obstante, el amor puede traer, en los aficionados al pensamiento, algún desequilibrio: el aterrado control freak amigo de la razón y de los libros toma conciencia de que la locura está ahí, a dos pasos, la roza con la punta de los dedos. Bastaría muy poco –muy poco– para entrar en la zozobra.

19. Interpreto un papel: voy a llorar. Pongo un cd de música triste, el Adagio de Albinoni, verbigracia, me planto ante un espejo, evoco y comienzo. Brotan las primeras lágrimas. Soy el único actor de la comedia. Al verme llorar, me doy manija, y más lloro: muchas lágrimas ruedan por mi cara. Lágrimas y lagrimones. Si el llanto decrece, evoco momentos en los que me vi expulsado de la dicha. Mi espíritu es doble, dialogo, voy de réplica en réplica. Interpreto una payada: me hablo, me respondo, me hablo, me respondo, y así. “Disfruto” con esta mezcla de llanto y palabras. Al final, un tercero que mora en algún lugar perdido de mi espíritu me da un par de cachetadas y rompe el hechizo: “¿Qué hacés, tarado?”. Y empiezo a reír, no puedo parar.

20. “¡Sangre, Yago, sangre!” Los celos, como se sabe, son uno de los peores venenos. Porque un hombre cornudo es un monstruo y una bestia. Eso lo dijo el vate inmortal William Shakespeare. Así que sufro por lo celos que el otro me produce. Cuatro veces sufro. 1) Por estar celoso; 2) Porque me reprocho estar celoso (tener celos es una idiotez, todo el mundo lo sabe, pero no puedo evitarlo); 3) Porque temo que mis celos hagan enojar al otro y el otro decida abandonarme porque no hay peor cosa que un otro con celos, es intolerable; 4) Porque dejo que los malditos celos me capturen y me someto así a un quimera absurda. Es decir: sufro porque creo que el otro me mete los cuernos, porque me siento culpable de sentir algo que no debería sentir, porque tengo miedo de espantar al otro con mi delirio y, por último, porque soy débil y ordinario.

21. Sufriré por lo tanto con el otro, pero sin exagerar, vigilándome, poniendo coto a mis desplantes. A esta conducta afectiva y controlada, a la vez sabia y amorosa, podríamos llamarla así: delicadeza. Voy a ser civilizado, sano, pulcro. Eso me digo y me repito a la mañana cuando me miro al espejo. No voy a dejar que los demonios hagan conmigo lo que a ellos se les cante. No. No me extraviaré. Y si me extravío, si no puedo evitar caer en la desdicha a la que el otro, directa o indirectamente, me conduce, seré delicado. Me pondré, como Mercurio, alitas en los pies y apenas tocaré el suelo. Sobrevolaré las miserias del amor… ¡¡Iluso!!

22. ¿Qué es el amor? No tengo la menor idea. Me gustaría saber lo que es, pero cuando estoy en el ojo de la tormenta (en el centro del amor), nada veo, pura oscuridad, nada, y al amor así no puedo definirlo, qué voy a poder. Reflexiono, sí, pero la reflexión es engullida siempre por el torrente de imágenes que, perturbando mi entendimiento, la atraviesan. No hay reflexividad: estoy a miles de kilómetros de la lógica, no pienso bien. No puedo ser, como me gustaría, un filósofo del amor. Y sí. ¿Cómo voy a descubrir lo que es el amor si la esencia del amor, cualquiera sea, es la que precisamente me impide pensarlo como a mí me gustaría (con palabras justas, bellas, etc.)? Estoy atrapado en la jaula del amor, no puedo pensarlo, soy un simio enamorado. Si logro agarrarlo, lo haré por la cola, como a una lagartija. Destellos, fragmentos. ¡Vanidad de la palabra!

23. La resistencia de la madera varía según la dirección en que se hunda el clavo: la madera no es isótropa. Yo tampoco soy isótropo: según cómo me claven varío la resistencia. Además de mis “puntos gatillo”, tengo mis “puntos delicados”. El mapa de esos puntos sólo yo lo conozco. Me guío por ese mapa, evitando las heridas que el otro –¡quién si no!– podría infligirme. Desearía que este mapa sentimental pudiera ser distribuido a todos mis nuevos conocidos: para que no me jodan y lastimen sin darse cuenta. Porque soy frágil, sensible.

24. Aunque todo esto no sea más que un polvo de figuras que se agitan según un orden imprevisible a la manera de las trayectorias de una mosca en una habitación, puedo asignarle al amor, al menos retrospectivamente, un sentido. Por más que el sentido del amor sea, así, en el presente, un sinsentido, a la larga algo termina dibujándose. Sí: no hay nada en él que puede capturarse (hoy y para siempre), pero así y todo quedan en algún lado, aunque cada día más cercanas a una bruma, citas, conversaciones, llamadas telefónicas, cartas, peleas, escapadas de fin de semana, etc. Materia de relatos amorosos: ficciones de la vida con el otro.

25. Desde que soy un niño, la misma inversión: lo que para el mundo es objetivo, verdadero, irrefutable, para mí es ilusorio, falso, impostado, y lo que para el mundo es locura, error o desatino, para mí es verdad, experiencia verdadera. Siempre con esto. La verdad del desajuste, de lo que escapa a las gramáticas del tiempo (lo vetusto). Nada de ornamentación, algo bien primitivo. Para hacerme fuerte en la verdad de los desacuerdos, me obstino, así. Sigo, me afirmo en el error infinitamente, estoico, contra viento y marea.