Mundanidad

Es necesario, para empezar, poner la vista en lo que llamamos el “ser en el mundo”, en cómo el “ser” está en el “mundo” y qué hace en él, para qué vino a morarlo el “ser” al “mundo”. El ser está en el mundo mal, eso se sabe; está como abombado, yendo de acá para allá, de allá para acá, al garete, un perro en bote. Y sí. Su trabajo de andar en el mundo –su recorrerlo– parece a primera vista cosa fácil que cualquier opa podría hacer sin problemarse: vivir y nada más, como un pato que hace eses en una laguna, pongamos. Pero no: vivir y, a la pasada, encontrarle un fin al vivir, no es para cualquiera. Al menos que nos dediquemos a flotar por la existencia, engañándonos, excusándonos, y así cualquiera vive, hasta las moscas. Pero si nos hacemos la pregunta primordial, la del “ser”… ¡Acá los quiero ver! Muchos se quedarían en el camino, no podrían vivir. Es algo que pocos toleran. El “ser”. Veamos. Preguntémonos. A ver. ¿Qué es el “ser”? ¿Qué es el “ser” en el medio de este “mundo” loco, el ser como fenómeno? ¿Eh? Primero hay que hacer una enumeración de lo que encontramos en el interior del “mundo”: bicicletas, música, alegría, dolor, computadoras, casamientos, montañas, asesinos, profesores de literatura, insectos, nubes, tornillos, etc., etc. Podemos pintar el “aspecto” de todas esas cosas que, a falta de un nombre mejor, llamaremos “entidades”, y luego contar lo que estas “entidades” les ofrecen a los sentidos del “ser”. Pero eso, manifiestamente, ¡es un “asunto” prefenomenológico! Anterior al fenómeno. La descripción queda en las entidades. Es óptico, sensorial. No nos sirve. El fenómeno viene después, más tarde, siempre se demora. El fenómeno es fenómeno si podemos definirlo. Así que definámoslo lo antes posible antes de que nos olvidemos: lo que es enseñado como ser y estructura de la existencia, eso es el fenómeno.
Describir fenomenológicamente el “mundo”. Poner todo bien ordenado en casilleros, delinear los conceptos que pautan la existencia de las “entidades ante los ojos” en el interior del mundo, hacer listados, inventarios. Pensar, usar el cráneo. Ponerle adjetivos al “mundo”: feo, sucio, podrido, malo, decrépito, etc. Es muy lindo todo eso. Pero eso no sirve de nada, amigos, así no vamos a ningún lado, no avanzamos, porque el “ser de las cosas”, el “ser de las entidades”, ése es el verdadero problema, la nuez a martillar. Conocer ese “ser” es dificilísimo, porque primero hay que averiguar de qué están hechas esas cosas, su “sustancialidad”, la materia que teje el esqueleto agujereado de todas las cosas. Por ejemplo, la tristeza. ¿De qué materia está hecha la tristeza? ¿Qué átomos la componen? ¿Qué corrientes eléctricas la atraviesan? ¿Qué es lo que constituye su sentido ontológico? Sin embargo, le hemos dado a nuestra pesquisa una dirección equivocada. Giremos un poco.
Los problemas vinculados con la descripción del “ser en el mundo” son, sin duda, ontológicos, pero ¿qué significa eso? La existencia de la naturaleza, conforme con las proposiciones fundamentales sobre esta entidad que la ciencia matemática nos ha dado de ella (1 + 1 = 2, 3 + 3 = 6, 2 x 2 = 4, etc.), no tiene nada que ver con el mundo del fenómeno, está lejos de él, muy lejos, por eso hay que acercarse bien despacito al fenómeno y agarrarlo desprevenido.
Del mismo modo, tampoco el cuadro óptico del “intramundo de las entidades”, es decir, la exégesis ontológica de la existencia de estas entidades, nos permite tocar al fenómeno, tocarlo de verdad, con los dedos. Las dos formas del acceso al “ser objetivo” del fenómeno están destinadas a fracasar.
Del examen concienzudo que estoy haciendo del “ser”, el “mundo” y el “fenómeno”, saltan a la vista algunas cosas:

1. “Mundo” como concepto óptico, como integridad de las entidades que se revelan “ante los ojos” en el “intramundo”.
2. “Mundo” como nombre de toda una comarca que abarca una multiplicidad de “entidades” o “cosas” de las cuales desconocemos su sustancia.
3. “Mundo” en su estado preontológico, prefenoménico, preexistencial.
4. “Mundo” que designa, finalmente, el concepto existenciario ontológico de la “mundanidad”.

Entonces, a ver. A la existencia “útil” siempre le resulta “útil” pensar en su “utilidad”, en saber que puede servir para alguna cosa. Ser “útil” es, esencialmente, obrar “para”. Para lo que sea. Y de ahí salen todas las posibilidades del “para”: moverse “para” (ir al baño, ir a trabajar, no engordar), adaptarse “para” (ser amado, no desafinar, ser un buen ciudadano), leer “para” (ser una persona culta e instruida, aprender palabras nuevas, ocupar el tiempo), escribir “para” (adquirir renombre, ganar plata, dar conferencias), morirse “para” (dejar de escribir, dejar la zanahoria, comprobar que el infierno sigue), y así. ¡Ser útil! ¡Tener una causa! ¡Un porqué! ¡Una razón de “ser”! ¡No estar al pedo! Ahora bien, si analizamos de cerca esa utilidad, si la desgajamos cual mandarina, si ponemos en hilera cada uno de sus componentes, bueno, todo se cae. Ser útil, así, se vuelve inútil, y entonces dejamos de sentirnos bien con nuestra “utilidad”. Al momento éste de caer, el fenómeno nos da un puñetazo en el medio del plexo solar, al tiempo que nos grita: “¡¡¡Si serás inútil!!!”. Así que eras muy inútil, pero no lo sabías, o mejor: lo sabías, sospechabas que no servías para nada, pero te hacías el boludo. Pero el “útil” no se rinde fácilmente, y contesta: “¡¡No!! ¡Útil soy, ser útil me siento!”. Es que el derrotado no quiere reconocer la derrota evidentísima, y protesta. Y para eso se hace amigo de: el escarbadientes (que sirve para sacarse los pedacitos de carne o de choclo de las muelas), el papel higiénico (que sirve para muchas cosas, pero sobre todo para limpiarse el culo), la música (que sirve para adormecer a las bestias), el vino (que sirve para embrutecerse), la ventana (que sirve para que entre el aire fresco), la gallina (que sirve para poner huevos), etc. Se encierra, el “útil”, “entre cuatro muros”, en un espacio que considera bien “cuadrado”, que considera “útil” habitar. Allí mora un tiempo, deprimido. Se resiste a aceptar su condición de “inútil”, de no ser útil “para”. Pero como dice el refrán, “es tomando mate que se descubre lo lindo que es el mate”. Y así, “tomando mate”, es decir, sufriendo, llorando, dándole vueltas y vueltas en su cerebro inútil a su ya insostenible inutilidad, descubre al fin que es útil para algo. ¿Para qué? Para el pensamiento.
Y acá estamos.
A esta curiosa forma de ser “útil en el mundo” la llamamos “estar a mano”. Estar a mano con el mundo, a su altura, dejar de ser simples “inútiles” para ser “inútiles” en el pensamiento. En esa inutilidad del pensamiento en la cual el ser inútil puede guarecerse, morar, ser. “Estar a mano”, no deberle nada al ser, en la medida en que el ser, con esta actividad, salda sus cuentas con su controvertido “estar en el mundo”. Ver las cosas, así, desde la torre del pensamiento, nos vuelve útiles –¡vehículos– de nuestra propia inutilidad. Nada más y nada menos.
En teoría parece una papa, pero no lo es. Hay que saber dirigir la vista, el pensamiento. Pensar es, primero que nada, subirse a la torre. Y la torre es alta, sus escaleras están rotas, hace años que nadie repara sus peldaños de madera, ¡están todos podridos! Así que no es fácil llegar ahí. Hölderlin lo sabía. Al borde del río Neckar, en la torre de su amigo Zimmer… Peldaño a peldaño, uno, otro, ¡y otro más!, para una vez arriba, encontrada la visión del valle –el tableau–, escribir su locura. Son muchos los que lo han intentado. ¡Es que la torre es muy seductora! Hace pendant con el “corazón desgarrado y sangrante”, como dijo Ernesto Sábato en uno de sus tratados. O con los cerebros prodigiosos, esos que todo lo pueden pensar. Al riesgo de caerse, de pisar una madera carcomida interiormente por años de humedad y bicho taladro, y por ende tambalear, hay que sumar el vértigo traicionero. Los mareos, digamos, que pensar produce allá en lo alto, la falta de oxígeno, las cefaleas, el peligro –bajar, volver a subir– que implica procurarse cualquier cosa que nos haga falta, etc.
La torre, además, requiere un método. El que piensa sin método nunca podrá ser “útil” en su “inutilidad”, nunca podrá experimentar esa bella sensación que yo experimento a menudo cuando compruebo que mi propia “inutilidad” (mi “ser en el mundo”) se vuelve “útil” para los otros en la medida en que los otros –seres que están, al mismo tiempo, dentro y fuera de mi “mundo óntico”– ni enterados están de la “inutilidad” del pensamiento, de ese embuste que se remonta a Anaximandro y a Anaxímenes, aturdidos como están con la “utilidad” de todas las cosas y fenómenos que componen “el mundo”, con su “ser útil”, su “ser para”. Pensar sin método, o sea, es como respirar sin aire, como correr sin piernas, como resfriarse sin mocos. Sin embargo, un amigo me contó que hoy en día existe una corriente underground de pensamiento asistemático, ametódico, que parece querer acometer lo imposible: pensar sin método. ¡Ja, ja, ja! ¡Qué ingenuidad! ¡Pensar sin método! ¡Ja, ja, ja! Eso es desconocer la historia del pensamiento del Homo sapiens, es no haber leído a Descartes ni a muchos otros. El método es fundamental, es todo. Incluso se podría decir: el método es el pensamiento. La forma y el contenido, amachambrados, eso que se aprende en la escuela primaria. Sin método no hay “ser en el mundo”, ni un “ser para sí”, nada, no hay nada, un pomo. No hay “inutilidad” en la “utilidad” (o viceversa), eso que desde hace siglos y siglos los hombres que se han puesto a pensar han ido confirmando día tras día, mientras miraban el movimiento de las nubes en el cielo, de los astros, de los pajaritos, etc.
Antes de terminar, dos o tres cositas sobre el trabajo, sobre el “ser en el trabajo”. O sea, sobre el “ser” que el trabajo da a aquel que trabaja, al que recibe dinero o bienes como paga de una activad que realiza. ¿Y nosotros? También, también. Más allá de la “utilidad” de lo “inútil” que nosotros encarnamos mejor que ningún otro gremio, podemos decir que nosotros también trabajamos. Existe, sí, eso que algunos han dado en llamar el “trabajo intelectual”, y yo, el “ser en el pensar”. Trabajo en el que el cerebro entra en juego, en el que prima la abstracción, la altura de la torre. Podríamos, incluso, arriesgar y decir que el “ser en el trabajo” es, allá en el fondo, “ser en el pensar”, porque pensar da un trabajo bárbaro. Entonces, que quede claro: el “ser en el trabajo” no implica necesariamente tener que agrietarse las manos como los brutos albañiles que levantan paredes. Pero vayamos al grano.
El “ser en el trabajo”. ¿Por qué el “ser”, muchas veces, sólo se siente “ser en el trabajo”? Sí, claro, hay que comer, y si no sos “ser en el trabajo”, te comen a vos (los piojos). Pero digo, pregunto: ¿por qué, de todas las entidades fenoménicas que tienen su “ser en el mundo”, el trabajo, como fenómeno, es percibido por los protocolos sensoriales del “ser”, casi de forma unánime, como aquello que le da sentido al “ser” en su “ser en el mundo” y su “ser para los otros”? ¿Eh? ¿Por qué no “inútil”? O en todo caso, como dijimos más arriba, ¿por qué no “útil” en su “inutilidad”? A nadie le gusta trabajar, está claro. Sin embargo, los seres por lo general coinciden en que, sin “ser en el trabajo”, su “ser en el mundo” no sería ya “ser en el mundo” sino “ser sin rumbo”, “ser un turco en la neblina” (y, por supuesto, “ser un muerto de hambre”), en el “intramundo de las entidades”, de los fenómenos. ¿Quién inventó el trabajo? El Homo economicus, el Homo practicus, horribles homos que nos encadenaron al capital. Raza boluda.
Me despido hasta la próxima con este verso del gran poeta de Lauffen: ¿Qué festejar, con qué fin? Cantar, ¿para qué?”.