Muchedumbre


Las ciudades están llenas de gente. Las casas, de personas. Los hoteles, de huéspedes. Los trenes, de pasajeros. Los paseos, de peatones. Los consultorios de los médicos, de pacientes. Los cines, de espectadores. Las playas, de bañistas. Los bares, de borrachos. Y así siguiendo. Siempre amuchados andamos ahora porque la población ha crecido geométricamente, como predijo Malthus. Antes no era un problema el exceso de población, pero ahora así. Encontrar lugar. ¿Quién encuentra fácilmente lugar? Si uno, por ejemplo, anda en coche por el centro de una gran ciudad como Buenos Aires, siempre está puteando contra los embotellamientos que nos hacen llegar tarde a nuestras citas. Estacionar es imposible, se ha vuelto imposible, los estacionamientos imposibles de lo caro que están, te afanan, hoy estacioné: quince pesos la hora. No hay lugar en ningún lado, apretados vamos en los vagones del subte, en el colectivo, y encima el olor que hay ahí, terrible, hay días de verano en que no se puede respirar, te ahogás del tufo. Vemos cómo la muchedumbre, con el paso de los años, se ha ido apropiando del espacio, se lo ha ido robando al individuo, a la civilización. Antes el individuo disfrutaba del espacio. Y ahora no, ahora el espacio es de la muchedumbre, de la gente. Siempre haciendo cola estamos, en los bancos, en los shoppings, en cualquier lado tenemos que hacer cola con la muchedumbre.
Meditemos un poco en esto. Nos sorprendemos de este fenómeno. ¿En qué consiste su malignidad? Pues en esto: la ciudad ahora es un teatro, un teatro lleno de gente. Antes no sucedía, no era así. Uno podía caminar tranquilo por una plaza en invierno sin toparse con nadie, sin ver niños en las hamacas y los toboganes, sin ver perros guiados por paseadores humanos que los sacan a defecar y a fortalecer su salud, porque los perros encerrados en los departamentos entristecen y enferman. A eso hemos llegado. Entonces, decía: la ciudad es un teatro repleto. Cada función congrega un enjambre de humanos seres que se codean desesperadamente para participar del espectáculo diario. Bancos, hospitales, cines y restaurantes. Edificios gubernamentales, iglesias, templos, discotecas, qué sé yo, todo abarrotado de carne humana. Conseguir lugar ha pasado a convertirse en tarea de brujos. Hay que volverse malo. Sin maldad nos quedamos en la cola, a perpetuidad. Entramos nosotros, los intelectuales, en el mundo con la embriaguez altiva del visionario. Y vemos esto: la muchedumbre. Sí: con los ojos del búho, de la lechuza, del pájaro de la noche que traspasa la noche, vemos. ¿Qué? Ya lo dije: la muchedumbre. Y proferimos en el acto un agudo chillido: ¡¡¡shiiiiiiiiiiiiiccccccccc!!!
La masa. Los individuos siempre han existido, desde siempre ha habido individuos, pero no como muchedumbre, no conformando una muchedumbre como la que conforman ahora. Ahora los individuos se aparecen bajo la forma terrible de la masa uniforme. Son hombres de la multitud, hombres sin mirada. Por ejemplo, intentar ver una película en el Festival de Cine Independiente ha llegado a convertirse en la más horrísona de las pesadillas.
Las minorías son calificadas, pero las muchedumbres, no; el hombre indiferenciado indisoluble de la masa que integra, ese hombre, no, no lo es, no califica. Por eso se vuelve imperioso en nuestra época, mientras caminamos a tientas a través de los primeros años de este siglo por ahora nebuloso, formar minorías, grupos de élite, microaristocracias que incursionen en artes y oficios diversos. Elevarse con la minoría para así poder tener la visión panorámica del cóndor andino, que desde arriba todo lo ve: detecta su blanco, ser vivo u osamenta, y hacia él se zambulle, elegante, esplendoroso, solemne, cual flecha de Artemisa. Así, entonces, observar desde lo alto. Luego, una vez que hayamos visto lo suficiente y empecemos a aburrirnos, nos juntaremos con otras minorías parecidas a la nuestra pero con otros intereses. Hablaremos y nos comunicaremos con sus integrantes, compartiremos la visión, intercambiaremos miradas, interpretaciones, gustos y rechazos. Nos repartiremos de este modo el saber sobre las cosas. La muchedumbre, por supuesto, quedará fuera de esta suerte de conspiración en su contra, no entenderá, el hombre indiferenciado no ve, mira hacia afuera, no entiende, se pierde en los otros, en las actividades de la muchedumbre: amontonarse, eso es lo que mejor hace la muchedumbre, está a gusto así: amontonada, si no, no sería muchedumbre. No quiere disgregar sus partes, la muchedumbre, detesta al individuo, el individuo es aquello que la muchedumbre combate, así como nosotros, individuos, la combatimos a ella porque la detestamos. El odio es recíproco. A diferencia de los integrantes de la muchedumbre, nosotros, los individuos minoritarios, nos resistimos hora tras hora, día tras día, a convertirnos en un “engranaje del sistema”, como decían los sucios hippies allá por los sesenta.
En las clases altas, superiores, es más fácil encontrar individuos, seres integrantes de una minoría o con deseos de hacerlo. En las clases bajas no abundan, los hay, no es que no los haya. Podemos encontrarlos. Hay que escarbar. Hay que escarbar porque repito: no abundan. En cambio, entre los que se encuentran en los estratos más altos de la pirámide social, entre aquellos que conocen la dificultad de encontrar excelencia, puntualidad y sumisión en el servicio doméstico, entre aquellos, digo, el individuo no es una excepción. Porque la naturaleza de la aristocracia, su esencia íntima, la fuente en la cual abreva, es favorecer, en el corazón de la vida social, la aparición del individuo.
Pero esto, como sabemos, no es lo que sucede hoy en día. El individuo es una especie en extinción, un oso panda. Desde hace años que en todas las ciudades del mundo nuestro occidental venimos siendo testigos de la victoria progresiva pero contundente de los descalificados, de los diletantes, de los pseudointelectuales, de los filisteos. Seres de la muchedumbre, bastos seres de vulgar conversación, de modales estridentes aprendidos frente al televisor. Estos seres son los pilares, la base del espectáculo, ya que sin ellos el espectáculo no existiría porque no habría quién lo observara, y sin espectador no hay espectáculo, eso lo sabe cualquiera. Espíritus pisoteados, obedientes, capturados en la dinámica de los procederes ajenos, minusválidos. Espíritus especializados en la copia, en remedar al tarado del vecino. Keep up with the Joneses. A no desentonar. Desentonar se ha convertido en el peor de los pecados, hay que devenir camaleón, y lo que vemos es eso, aquí y allá: espíritus camaleónicos indiferenciados. Son plaga. Sin embargo, podemos encontrar entre los seres de los estratos bajos alguno que otro que no pertenece a la muchedumbre, alguno que otro que no quiere uniformizarse, por ejemplo albañiles que ponen bien los ladrillos, que no te hacen una pared toda torcida, como pasa casi siempre que uno contrata a un albañil para un trabajito de lo más pelotudo y te lo hace todo mal y uno putea, recaliente, porque hasta uno que no sabe nada de albañilería lo podría haber hecho mejor. Pero los hay de los hábiles. Eso no implica, empero, que uno de los rasgos más característicos de esta época nuestra no sea la abundancia por todas partes de almas vulgares, almas que, sabiéndose vulgares y, como si esto no fuera suficiente para ellas, enorgulleciéndose de su vulgaridad, tienen encima el tupé de reclamar el derecho a expresar su vulgaridad y de imponerla por todas partes, dondequiera que vayan. Quien no es ni quiere ser como todo el mundo, quien no adhiere a los bajos gustos de la muchedumbre, quien no participa de las estúpidas actividades del hombre-masa, es mirado con recelo, con desconfianza. Algún mote injuriante siempre se le clava al individuo que rechaza parecerse: puto, trolo, fascista, gusano, cipayo, etc.
La historia del Imperio romano, como se sabe, es la historia de la subversión, del imperio de las masas, que absorben y anulan a las minorías selectas y se ponen en su lugar, y ahí tenemos la masa imperando con su fealdad. El imperio brutal de las masas. Ya era tiempo de hablar de él. Nadie, salvo yo, ha hablado de esto previamente, si bien hace rato que la masa, la muchedumbre, ha vuelto a usurpar los espacios que, por derecho propio, le corresponden al individuo. Sé, lector, que estas cosas que digo pueden no resultarte dulces al oído, pero a veces hay que poner las tarlipes sobre la mesa y aventurarse en terrenos espinosos y decir lo que creemos que hay que decir, porque si nos comemos lo que nos dicta nuestro fuero más privado, qué podemos esperar de nosotros cuando tengamos que irnos a la quinta del Ñato.
Los que me conocen, los que se han tomado el trabajo de leerme, de transitar mis obras completas, saben que desde hace años me vengo repitiendo en relación con estas cosas, que no es la primera vez que hablo de esto. He dicho y sigo diciendo, no me canso: que manden los mejores, ésos son lo que tienen que cortar el bacalao, porque si no, ya sabemos lo que pasa: lo estamos viendo, lo dije recién. Sí. Pero ojo: nada que ver con los nobles ociosos de Versalles, ésos no, todos esos parásitos que terminaron en la guillotina, la familia real y compañía, eran muchos. Versalles no fue aristocracia, sino degeneración de aristocracia: la muerte y la podredumbre de una aristocracia que podría haber sido magnífica, pero no lo fue, se ahogaron en su propio caldo. Los verdaderamente aristocráticos fueron sólo aquellos que supieron poner con estoicismo y dignidad, incluso con elegancia, el cuello sobre la media luna del cepo para que fuera cercenado por el frío acero que venía de lo alto. ¡Zac! Cabeza rodando, gritos de júbilo: Liberté!… Egalité!… Fraternité!… Aceptaron la muerte como el tumor que acepta al escalpelo: sin chistar.
A quien se sienta partícipe de la altísima misión de las aristocracias, el espectáculo de la masa lo enfurece. A mí me enfurece. Cierta mujer en edad de recibirlo todo, toda juventud y lozanía, estrella de primera magnitud en la constelación de la elegancia europea, me dijo hace poco sin ruborizarse: “No puedo ir a un baile al cual no hayan sido invitadas por lo menos ochocientas personas”. “¡Epa!”, le dije yo. “¿Tantas?” “Sí, ochocientas personas. Como mínimo. Si no, me aburro.” Parece mentira pero no, a eso hemos llegado: que el mezclarnos con la masa no sólo no sea una penosa circunstancia a evitar (cueste lo que cueste), sino que haya pasado a ser uno de los elementos fundamentales para garantizar la diversión juvenil, como el tipo de música que ejecuta la orquesta, la frescura de los canapés que se sirvan o la cantidad de vino que se ofrezca. De no creer.
Las masas quieren placeres, y para eso recurren a los placeres inventados por los grupos escogidos. Sienten apetitos y necesidades que antes pertenecían a personas refinadas. ¿Y esto es bueno? ¡Qué va a ser bueno! No es nada bueno, es terrible, porque poco a poco va desapareciendo el gusto fino, porque si la muchedumbre es fina y pasa a tener un gusto fino, lo fino deja de ser fino, y entonces, si uno quiere ser fino tiene que buscarse algo que sea más fino que lo fino de la muchedumbre, y eso lleva tiempo, y tiempo es lo que nos falta por estos días, culpa de la masa, que todo lo usurpa y todo lo acapara.
Si las cosas públicas estuvieran bien ordenadas y dispuestas, la muchedumbre no estaría desatada como lo está por estos días haciendo lo que el culo le dicta. Ella ha venido al mundo para ser dirigida, para obedecer, no para dirigir, influenciar y contaminar. No demos más vueltas con esto. La muchedumbre debería seguir sin rezongos las tácitas preceptivas que brotan de las minorías selectas, excelentes ellas por derecho propio. Sin estas minorías, la humanidad no existiría en lo que tiene de más esencial, de más bueno, porque lo bueno ha surgido siempre del individuo que, cansado de la vulgaridad del rebaño, se apartó de él para labrarse su propio destino cual hábil arquitecto y originar así cosas buenas para todos, no sólo para él y la minoría que pasó a integrar con su rechazo.
Además, cuando triunfa la muchedumbre, triunfa la violencia, eso es un hecho incontestable. Hace rato ya que venimos siendo espectadores, sobre todo en las grandes metrópolis, del crecimiento de la violencia, y con ella, de la inseguridad. ¡La inseguridad! En fin. Motines, grescas, trifulcas, pandillas, barrabravas, secuestros, etc., etc. Ya sabemos quién es el culpable de todo esto, no hace falta repetirlo. La violencia está de moda. Sin embargo, esto, que podría leerse como un flagelo, un signo fatídico, apocalíptico, es una buena señal. Sí. Al menos yo lo veo así. ¿Por qué? Simple: porque esto significa que la cosa –la violencia y, junto con la violencia, el hombre-masa que la genera– tiene que empezar a recular. No da para más. El mundo deberá mutar, porque si no muta, si las leyes que gobiernan los asuntos de los hombres no dejan de ser dictadas por los caprichos estúpidos de la muchedumbre drogada con el murmullo de la mediatización, esto se va a la mierda. Estamos viviendo tiempos críticos, jodidos, miremos un poco, saquémonos las anteojeras, no seamos maricas.
Para los que todavía no hayan entendido, esos que nunca faltan: hago referencia al más grande peligro que hoy amenaza a la civilización: el hombre-masa.
Bien.
Como se sabe, a fines del siglo dieciocho irrumpen en la escena social los burgueses. ¿Qué poseen estos burgueses? Talento, talento práctico. Saben cómo organizar, disciplinar, dar continuidad y articulación al esfuerzo. ¿Y el Estado? Yéndose a pique. Este barco era cualquier cosa, un desastre, apenas tenía soldados, ejército, burócratas. ¿Dinero? Nada. Había sido fabricado en la Edad Media por una clase de hombres muy diferente a la de los burgueses: los nobles, gente en principio admirable por su carácter irascible, por su dureza, por su sentido de la responsabilidad. Sin ellos, las naciones de Europa no existirían, eso hay que decirlo, porque si no nos empezamos a confundir y a pensar que los nobles son solamente los parásitos degenerados de Versalles. Ojo: no, ése es el último coletazo, el cuerpo en descomposición de una aristocracia que en otro tiempo había sido otra cosa, pero que desde hacía algunos años venía tirando manteca al techo. Ahora bien, entendámonos. Si estos nobles eran duros como el quebracho, también es cierto que, o quizá por eso, tenían una inteligencia muy limitada, eran cortos. Cortos, sentimentales, intuitivos, pasionales. Eso les impidió inventar la pólvora, que, como es sabido, fue inventada por los chinos, ancestros de los chinos éstos de ahora que se vienen con todo y que ya están acá con sus almacenes, robándoles el trabajo a los viejos almaceneros autóctonos y obligándolos desde hace algunos años a cambiar de rubro y tener que vender comida para mascotas o poner una pizzería o lo que sea. (Se podría decir, incluso, que los chinos son los que mejor se adecuan al concepto de muchedumbre; no nos olvidemos: un pueblo de 1.500 millones de almas, ¡imaginen las calles!) Vuelvo a los nobles. Como decíamos, los nobles eran fuertes y valerosos, pero cortos. Cortos y pasionales. Y perezosos, encima eran perezosos, porque como no les faltaba nada, entonces para qué moverse. Esto fue lo que les impidió inventar nuevas armas para defenderse de lo se venía. Dejaron todo, así, en manos de los angurrientos burgueses, quienes se vieron de golpe ante un futuro promisorio. Sólo había que cortar algunas cabezas.
En la época de Milcíades el Viejo, el mundo no era lo que es ahora. El mundo del Mediterráneo, por ejemplo, desconocía la existencia del mundo del Extremo Oriente. Desconocían a los chinos, a los japoneses, a los hindúes, culturas milenarias que venían levantando estatuas desde antes que los griegos. Tuvieron que pasar muchos siglos antes de que esta situación cambiara y el mundo empezara a unificarse. Pero una vez comenzada la unificación, listo, dejaron de existir los islotes de humanidad y la gente de distintos lugares del planeta empezó a conocerse y a intercambiar sus costumbres y sus mercancías. Globalización. ¿Les suena? Bueno, ese fenómeno del capitalismo avanzado no nace, como muchos creen, en el siglo veinte, no: viene de mucho antes, más precisamente del siglo dieciséis, ahí empieza todo, con el descubrimiento de América, con las colonias, el pillaje, el saqueo y la piratería. ¿Y Marco Polo? Sí, es cierto: Marco Polo vino antes que Colón, pero al lado de Colón no existe, es nadie.
Pero empiezo a aburrir así que me apuro. A lo que voy es que gobernar no es poblar, sino sentarse. Trono, silla, sillón, banco, butaca, cordón de la vereda: no importa dónde, pero sentarse. Contra lo que una folletinesca óptica supone, gobernar no tiene nada que ver con el carisma, sino con las nalgas. Apoyar las nalgas en el sillón presidencial (para firmar un decreto, para charlar con los ministros, con alguna comitiva, etc.) es lo que hacen todos los mandatarios del mundo no bien entran en el despacho en el que idearán sus malversaciones. Se sientan y mandan. Dicen: vos haceme esto, vos haceme esto otro. Órdenes. Todo el tiempo. Son amigos del bien común, se sabe, siempre, eso es requisito, y sentarse, claro, porque sin sentarse no hay conducción, un carajo. Por eso se habla del trono real, del sillón presidencial, de la silla director, etc. El Patriarca de los Pájaros, simpática creación del inefable Manuel García Ferré, digitaba todo desde un trono armado con mamotretos sobados por años de consulta, porque era sabio, y los libros, como cualquiera sabe, son emblema de sabiduría.
Esta teoría mía sin duda habría irritado a un griego. Porque el griego creía haber descubierto en la razón, en el concepto, la realidad misma. Yo creo, en cambio, que la razón, el concepto, es la muleta favorita de la muchedumbre, de los seres uniformizados por la domesticación que solapadamente impone el murmullo hegemónico, el talismán del hombre-masa. Ese hombre-masa que, al sentirse perdido en los vericuetos infinitos de esta realidad hiperproblemática, vale decir, en la vida que no vive, recurre a la razón, ¡a la razón!, para no caerse y no volverse loco, etc. Ya se sabe todo esto, pero me parece que no viene mal seguir repitiéndolo y repitiéndolo hasta que entre en las cabezas de una vez por todas.
Ya termino, falta poco. Una cosa más. Se ha hablado mucho en estos años de la decadencia de Europa. Se ha hablado tanto que muchos han terminado por darlo como un hecho. El libro de Waldo Frank, Redescubrimiento de América, se apoya completamente en esa suposición. Europa agoniza, dice Frank. Considerado el hecho de que Europa está muriendo, y por ende, de que está empezando a dejar de mandar, muchas nacionzuelas del mundo se creen con el derecho de poder mandar en su lugar. Países de muchedumbres, de hombres-masa, proclaman ahora su derecho a mandar y a imponer su vulgaridad por todos lados. La muchedumbre periférica ha resuelto rebelarse contra las grandes naciones creativas, contra esas minorías humanas que han organizado la historia gracias al aporte que han hecho los individuos a lo largo de los siglos. Cómico, sí, muy cómico todo esto que dice el americano Frank. Porque Europa estaría encantada de entregar su poder si hubiera un país como la gente capaz de reemplazarla. Pero ese país no existe. Los yanquis vienen en picada con su codicia y su imbecilidad. Los chinos… Los chinos, ya lo dije, son la muchedumbre, la apoteosis de la vulgaridad que viene amachimbrada a sus chucherías, a su colorinche, a su acupuntura y su pseudomedicina, en fin, mejor ni hablar. Por eso, deberíamos preguntarnos, no sólo nosotros, europeos, sino todos los individuos pertenecientes a las minorías selectas que sobreviven, ¡a duras penas!, en cualquier parte del globo terrestre –África incluida–, si la supuesta decadencia de Europa que nos quiere vender la chusma, representada en este caso por el señor Waldo Frank, no es preferible, al fin de cuentas, a que el mando de las cosas nuestras humanas pase a estar en manos de gobiernos infectados por los intereses del vulgo, gobiernos, claro, que no entienden un sorete de la esencia humana y de las cosas vinculadas a ella.
Así, la función de mandar y obedecer es fundamental en toda sociedad. Si equivocamos el sendero, si comenzamos a confundirnos, como el americano Frank, en relación con estas cosas, si comenzamos a no saber a quién le corresponde mandar y a quién obedecer, la muchedumbre lo irá copando todo, todo, y así poco a poco el planeta devendrá pantano, ciénaga, chirle lodazal, y todo empezará a pudrirse, a heder, y nosotros humanos en yacarés, lagartijas y serpientes nos convertiremos. Después no digan que no les advertí.