Melancolía


Y ya que estamos, ¿nos podrías explicar un poquito qué entendés por melancolía?
–Te lo explico ya mismo. Mirá, efectivamente, el término es escurridizo. Cubre realidades muy diferentes, múltiples. Para la psiquiatría, es una dolencia grave que se manifiesta por una lentificación psíquica, ideatoria y motora, por una extinción del gusto por la vida, del deseo y de la palabra, por el cese de toda actividad y por la atracción irresistible de querer de dejar de existir, de suicidarse de cualquier manera, como sea, con veneno, por ejemplo, o autoasfixiarse con una almohada, o cortarse las venas con un tramontina, qué sé yo, cualquier cosa. Por otra parte, existe una forma más suave de este abatimiento llamado melancolía, cuando alterna con el jolgorio, con la jarana, con el pum para arriba, y después viene el bajón, el quedarse durante días en casa mirando la basura que te regala la tele, ensuciando las sábanas, el pelo grasiento, olor a chivo, mal aliento, eso. Lo que comúnmente llamamos “depresión”. Los psicoanalistas suelen tener que vérselas muy a menudo con la depresión. Para el sentido común, para la doxa, la melancolía bajo esta forma depresiva sería un “padecimiento del alma”, un spleen no baudelaireano, cero literario, un estado que hay que superar cuanto antes y no demorarse en él (dentro de las posibilidades, claro, porque es sabido que cuando te agarra la depresión te hace nido en todas las células). Por último, tenemos la melancolía bajo la forma de una suerte de nostalgia, digamos, del infierno perdido, de esos momentos en que el alma toca fondo y maldice el cuerpo que la acoge, cuyos ecos impregnan el arte y la literatura, una enfermedad que inventaron los románticos, muy bella, por cierto, pero sólo para los artistas, para los demás no, para los demás es espantosa, una cagada.
–¿En cuál de estos tres terrenos te sentís más cómoda?
–Mirá, donde me siento a mis anchas es en el terreno de la melancolía clínica, por supuesto. Es la melancolía que más me gusta. Soy una observadora psiquiátrica melancólica, y por ese motivo estoy muy atenta a la herencia de Freud, de Abraham, de Klein. En “Duelo y melancolía” (1917), Freud parangona melancolía y duelo. La pérdida irremediable del objeto amado, la imposibilidad de sobrellevar esta pérdida, etc. Con estas elucubraciones, Freud encara ya la segunda parte de su monumental obra, que cuajará totalmente en “Más allá del principio del placer” (1920): sí, sí, el placer domina la vida psíquica, estamos de acuerdo, ¡pero es la muerte la que conduce la pulsión! A no confundirse. Muchos colegas rechazan esto, pero sus argumentos son insostenibles. Eros y Thanatos: unión y desunión, lazos y desintegración de esos lazos.
–Desintegración de lazos. ¿Eso es lo que vos llamás “melancólico-depresivo”?
–Exactamente, exactamente, muy bien. Porque una vez aclaradas las diferencias entre melancolía y depresión, bueno, se unen y se forma lo “melancólico-depresivo”. ¿Por qué? Porque más allá de las diferencias entre ambas enfermedades, tanto los melancólicos como los deprimidos nos dicen: “La sociedad de ustedes es ridícula. Sus actividades, sus palabras, son estúpidas, horribles, no nos interesan en lo más mínimo. Estamos en otra parte, no estamos, no somos, estamos muertos, nos fuimos a vivir a otra comarca, chau, boludos”. Nos hacen pito catalán, ¿entendés? Deprimiéndose, nos desafían, nos confrontan, nos impugnan. Y el lenguaje, el uso peculiar que el enfermo hace del lenguaje. El discurso enfermizo puede ser monótono o agitado, pero aquel que lo sostiene, aquel que lo articula, da siempre la impresión de no creer en él, de no habitarlo, de mantenerse fuera del lenguaje, dentro de la cripta secreta de su dolor sin palabras. Todo el problema está allí, porque si el enfermo se desprende del lenguaje, si considera el lenguaje como banal o falso, ¿cómo podremos entrar en contacto con su dolor a través del lenguaje? ¿Eh? La melancolía es una perversión innombrable, blanca, muda. Múltiples implicancias se derivan de esto. Vivimos dentro de un tejido social rasgado, un tejido que no puede ofrecer ningún socorro al enfermo, ninguna ayuda. Por otra parte, el llamado “pesimismo freudiano” nos permite cambiar nuestra propia concepción de la identidad psíquica tal como este mundo trastornado, caótico, violento y criminal nos la presenta cotidianamente. Attenti a esto. ¿Y si el “deseo” no fuera más que un embuste, una ficción que inevitablemente tiende a malograrse en su intento de flotar en un océano de muerte? El melancólico que rehúsa la vida porque ha perdido el “sentido de la vida” nos obliga a cuestionar la comedia social cotidiana. Por eso el melancólico es tan necesario. Nos ayuda a ver. Porque no vemos nada, un pomo.
–Ya lo creo. Te llevo para otro lado. Las mujeres, nosotras, ¿nos deprimimos más que los hombres, o ellos se deprimen más?
–Es algo que todavía no está claro, no hay muchos estudios al respecto. Una parte importante de mi libro está consagrada a la depresión de las mujeres. Y acá la culpa la tiene la madre, la madre deprimida, la madre víctima, la madre adicta a los fármacos, al whisky a las diez de la mañana. La irrupción de la melancolía, no sólo en las mujeres sino también en los hombres, está relacionada con el hecho de identificarse con la idea de la mujer deprimida por excelencia: la madre. ¡Idea intolerable! Por otro lado, hay una hipótesis muy graciosa que dice que “el gen de la depresión” se transmite por el cromosoma x, el femenino. Es algo que se está estudiando con los microscopios.
–Y de las grageas antidepresivas, ¿qué pensás?
–No estoy en contra, para nada. No soy enemiga de la medicación. A veces la única manera de parar a un loco depresivo es con medicamentos. Los progresos en el dominio de los antidepresivos nos permiten actuar ahora sobre los neurotransmisores cerebrales, sobre la comunicación entre axones y dendritas, sobre los flujos eléctricos y químicos que recorren el cerebro de un lado para otro, de acá para allá. Aunque es cierto que los antidepresivos o las sales de litio, si bien recomponen esos flujos eléctricos y químicos, al mismo tiempo hacen que el discurso del enfermo parezca “robotizado” por la falta de articulación y por la imposibilidad de conjugar los verbos: “hambre tener”, “triste estar”, “dormir querer”, etc. Eso es muy triste, pero bueno, a veces no queda otra.
–Entonces, según vos, la melancolía siempre se juega alrededor de la cuestión de las relaciones del sujeto con sus amigos, con sus familiares, con sus compañeros.
–Más o menos. El primer melancólico griego, Bellérophon, aparece en la Ilíada: desesperado, abandonado por los dioses, se consume de tristeza y no cesa de vagar evitando a los hombres a toda costa, como si fueran a contagiarlo. Hipócrates relaciona la melancolía con la bilis. Para él, un cuerpo bilioso es un cuerpo amargado. El texto más importante de la antigüedad griega acerca de la melancolía es del pseudo-Aristóteles. “Estado límite de la naturaleza humana”, dice. Eso es la melancolía para él. El melancólico vendría a ser, entonces, el hombre de genio. Esto les fascina a los filósofos, por supuesto. ¡Los pensadores se hacen los melancólicos porque la melancolía es garantía de genialidad! Y así salen en las fotos: con cara de melancólicos, de deprimidos, de “genio pensando”. ¿Alguna vez viste a un genio feliz?
–Pero a continuación todo se modifica.
–¿Qué?
–Digo que a continuación todo cambia.
–¿Qué cosa?
–El pensamiento. Después los pensadores van a decir otras cosas. La melancolía va a tener otros abordajes, va a sufrir otro tipo de operaciones conceptuales y qué sé yo.
–Pero mucho después, nena, mucho después. Al principio todo se mueve insensiblemente, imperceptiblemente, a paso de tortuga. Muy de a poquito. Recién el neoplatonismo va a establecer un lazo entre la melancolía y el cosmos: Saturno, planeta de la depresión. ¡Dios te libre y te guarde de caer bajo el signo de ese planeta maldito! Pensá en La Melancolía de Durero, que es de 1514. Con el cristianismo, la melancolía pasa a ser un pecado mortal; pero al mismo tiempo, en las experiencias místicas, la melancolía pasará a ser, paradójicamente, la vía de acceso a Dios. El monje deprimido que habla con Dios y con los santos, que ve luces, incandescencias, estrellitas, triángulos, etc., etc.
–¿Eso pasa en la Edad Media?
–Sí, en la Edad Media. También está el esoterismo, una cuestión que abordo indirectamente a través de mi interpretación del soneto de Nerval, “El Desdichado”. Las cartas del Tarot, la figura del Príncipe Negro de la melancolía… ¿Qué son esas metáforas de la disolución, de la desagregación de la materia, de la descomposición del cuerpo, de la psiquis, de los lazos sociales?
–No sé.
–Pensá un poco.
–Ni idea.
–¡Metáforas de la melancolía, nena! ¿No lo ves?
–Bueno, ahora que me lo decís, lo veo claramente. ¿Y cómo sigue?
–¿Qué cosa?
–La melancolía, la historia de la melancolía.
–Bueno. En Europa, en los siglos quince y dieciséis, aparece recortada en los poemas la figura de la Dama de la Melancolía, esa señora que siempre está viendo el lado triste de la vida. Contraria, esta dama, al hombre del Renacimiento como personaje exuberante y jovial, dicharachero, jodón, lanzado al porvenir con cara de boludo. Pero ojo, eh: no digo que esta imagen sea falsa, no, nada que ver. Simplemente digo que no anda sola por el Renacimiento, que coexiste con la adquisición de una enfermedad, definida trágicamente como el rasgo fundamental de la humanidad toda, visibilísima, a mi juicio, en el pintor Hans Holbein el Joven. Así las cosas, a pesar del influjo de la Dama, ni el Renacimiento francés ni los siglos diecisiete y dieciocho en Francia son melancólicos. Francia no es alcanzada por el mal de Europa. La cultura francesa siempre ha recubierto la melancolía con erotismo y retórica. Pensá en Sade, pensá en Bossuet.
–Muy interesante. Sin embargo, tenemos en Francia a Marguerite Duras, una melancólica empedernida.
–Sí, pero el individuo no es la cultura, nunca te olvides. Hay que reconocer, sin embargo, que en la literatura de Marguerite encontramos numerosos personajes melancólicos. En toda su obra hay como un llamado a la enfermedad, una fascinación algo complaciente con la disolución y los abismos. Una escritura laxamente negligente y al mismo tiempo cargada de concentración. Textos a la vez cautivantes y soporíferos. Cuando leemos a Marguerite con mis estudiantes mujeres, ¿sabés cómo reaccionan? Con temor. Toman conciencia de su propia fragilidad. La verdad de Duras las trastorna. Hoy no es el sexo lo que perturba o produce temor, sino el tiempo. El cadáver que ya somos. ¿Quién quiere mirar a ese cadáver a los ojos?