Manus turbare


Durante toda la Edad Media, un azote peor que la terrible peste que asola los castillos, las villas y los suntuosos palacios de las ciudades del mundo se abate sobre las moradas de la vida espiritual, se introduce en las celdas y en los claustros de los monasterios, en las cuevas de los eremitas, en las trapas de los reclusos. Paja, manuela, mal de Onán, la del mono, puñeta, la gallina turuleca son los diversos y originales nombres que los padres de la Iglesia dan a este demonio que hace nido en el alma y en el cuerpo, y ahí se queda, al acecho. En los elencos de las Summae virtutum et vitiorum, en las miniaturas de los manuscritos y en las representaciones populares de los siete pecados capitales, su desolada efigie figura en primer lugar. Una antigua tradición hermenéutica hace de ella el más bravo de los vicios, el único para el cual no hay perdón posible.
Los padres se encarnizan con particular fervor contra el peligro de este demonio traicionero que escoge a sus víctimas entre los homines religiosi y los asalta cuando el sol empieza a besar el horizonte; y acaso ante ninguna otra tentación del alma dan muestra sus escritos de tan despiadada penetración psicológica y escalofriante fenomenología:

La mirada se posa obsesivamente sobre la ventana y, con la fantasía, se finge la imagen de alguien que, desnudo, viene a visitarlo; ante un crujido de la puerta, salta sobre sus pies; oye una voz, y corre a asomarse a la ventana para mirar; y sin embargo, no baja a la calle, sino que vuelve a sentarse donde estaba, embotado. Si lee, se interrumpe inquieto y, un minuto después, cae por la pendiente: se frota el amigo con las manos, lo agarra firmemente con los dedos, y, quitando los ojos del libro, los fija en la pared; vuelve a ponerlos sobre el libro, avanza algunos renglones, farfullando el final de cada palabra que lee; y mientras tanto, imágenes eróticas de variada índole carcomen su cabeza. Cuenta el número de las páginas y los folios de los cuadernos; y le resultan odiosas las letras y las hermosas miniaturas que tiene delante de los ojos, hasta que, finalmente, vuelve a cerrar el libro y lo utiliza como almohada, cayendo en un sueño breve y no profundo, del cual lo despierta un sentido de privación y de hambre sexual que debe saciar a toda costa.
Apenas este demonio empieza a obsesionar la mente de algún desventurado, éste se vuelve indiferente a toda actividad que se desarrolle dentro de su celda, le impide quedar en ella en paz y atender a la lectura de los importantes libros que debería leer. Y hete aquí que el desdichado empieza a lamentarse de no sacar ningún goce de la vida conventual, y suspira y gime que su espíritu no producirá fruto alguno mientras siga sin dar cauce a las férreas coacciones del demonio. Quejumbrosamente se proclama inepto para hacer frente a cualquier tarea del espíritu y se aflige de pasársela inmóvil y atontado en el mismo punto. Ausente y lejano, se hunde en elogios deshilvanados de comarcas inexistentes, en los que, dice, podría ser feliz con su ejercicio solitario. Por el contrario, todo lo que tiene al alcance de la mano le parece una porquería. Después de cenar, cuando al fin en su celda solo queda, se entrega a su deleite. Una, dos, tres… Después de la cuarta, le invade una languidez del cuerpo y, aunque bien alimentado, le trabaja una rabiosa hambre de comida, como si estuviera extenuado después de un largo periplo por caminos de montaña o de un duro trabajo, o hubiera ayunado durante varios días. Entonces empieza a mirar en su torno, aquí, allá y acullá, entra y sale muchas veces de la celda y fija los ojos en el sol como si pudiera adelantar el ocaso; y al fin, le cae en la mente una insensata confusión, semejante a la calígine que envuelve a la tierra, y lo deja inerte y como vaciado (de leche).

Pero es en la evocación del cortejo infernal de las filiae onaniae donde la mentalidad alegorizante de los padres de la Iglesia ha plasmado la alucinada constelación psicológica de este vicio. Éste genera ante todo malitia, el ambiguo irrefrenable odio-amor por los enemigos del goce solitario, y rancor, el revolverse de la conciencia malvada contra aquellos que exhortan la abstinencia; pusillanimitas, el “ánimo pequeño”, que se achica espantado ante las tareas esforzadas; desperatio, la oscura y presuntuosa certeza de estar ya condenados de antemano; torpor, el obtuso y somnoliento estupor que paraliza cualquier gesto que pudiera curarnos del mal; y finalmente, evagatio mentis, el inquieto ir y venir de fantasía en fantasía, que se manifiesta luego en la verbositas, la monserga vanamente proliferante sobre récords y sistemas, en la curiositas, la insaciable sed de ver por ver, que se dispersa en posibilidades siempre nuevas del vicio, y en la importunitas mentis, la petulante incapacidad de fijar en un orden y un ritmo el propio pensamiento a causa del exceso de masturbatio.
La psicología moderna ha vaciado de tal manera el término masturbatio de su significado original, haciendo de ella un pecado contra la ética capitalista del trabajo, que es difícil reconocer en la espectacular personificación medieval del demonio meridiano y de sus filiae la inocente mescolanza de pereza y desgano que estamos acostumbrados a asociar con la imagen de aquel que la paja se hace.
Si, en efecto, examinamos la interpretación que de la esencia de la masturbatio dan los doctores de la Iglesia, vemos que no se la pone bajo el signo de la abulia, sino bajo el de la angustiosa tristeza y el de la desesperación. Según Santo Tomás, que en la Summa theologica ha recogido las observaciones de los padres en relación con este espinoso tema en una síntesis impresionantemente rigurosa, es precisamente una species tristitiae, y más exactamente, la tristeza respecto de los bienes no poseídos, bienes que Dios, sin embargo, ha dispuesto sobre el mundo para que él posea y no carezca. Lo que aflige a los masturbatoris no es, pues, la conciencia de un mal, sino, por el contrario, la conciencia de algo que no se posee (un bien carnal con el cual acoplarse). Masturbatio es, precisamente, la vertiginosa y fruitiva inclinación (inclinatio) a los placeres solitarios de la carne siempre débil y putrescible. Es decir que, por eso, en cuanto que tal es la caída inevitable ante lo que no puede eludirse de ninguna manera, la masturbatio es un mal mortal: es más bien la enfermedad mortal por excelencia, cuya imagen desencajada ha fijado Kierkegaard en la descripción de la más temible de sus secuelas: los pelos en la mano.
El sentido de este recessus a bono divino, de esta fuga del hombre ante la riqueza de las propias posibilidades espirituales, contiene sin embargo en sí una fundamental ambigüedad. Que el masturbator se retraiga de su fin divino no significa, de hecho, que logre olvidarlo o que cese en realidad de desearlo. Si, en términos teológicos, lo que le falta no es la salvación, sino la vía que conduce a ella, en términos psicológicos la inclinación del masturbator no está en la imposibilidad misma de no poder eclipsar su deseo con distracciones de diversa índole: la suya es la perversión del que no puede contenerse.
Santo Tomás capta al vuelo y a la perfección la ambigua relación de la desesperación con el deseo mismo: “lo desesperante”, escribe, “es no poder parar de hacerlo”; y es a su equívoca constelación erótica a lo que se debe que, en la Summa theologica, la masturbatio no se oponga a la variatio, es decir, al ir rotando, según el dictado de la fantasía, entre los diversos métodos expuestos en el inagotable Pajasutra (la sopapa, la manito dormida, el paragüita, el aplauso, la gran Daniel Scioli, etc.), sino a la deus cupiditas satisfactio, es decir, a la satisfacción del deseo de Dios, que no quiere masturbatoris en su rebaño.
Es este persistir y exaltarse del deseo frente a un objeto sexual que él mismo ha hecho para sí mismo intangible lo que la ingenua caracterización popular de la masturbatio de Jacobo Buonafede expresa cuando dice: “La paja es muy lindo hacérsela, eh, pero no es lindo fatigarse”. Fijo en la escandalosa contemplación de una meta (hacérsela sin fatigarse) que se le muestra vedada y que es para él tanto más obsesiva cuando más inalcanzable se vuelve, el sujeto aficionado a la masturbatio se encuentra así en una situación paradójica en la que, como reza el aforismo de Kafka, “existe una meta, pero ningún camino que conduzca a ella”, y de la que no hay escapatoria, ya que para dejar de fatigarse hay que dejar de hacérsela.
Sin embargo, precisamente por ésta su contradicción fundamental, a la masturbatio no le corresponde solamente una polaridad negativa. Junto a la tristitia mortifera (o diabolica), los padres colocan una tristitia salutifera (o utilis), que es operadora de salvación y “áureo estímulo del alma” y, como tal, “no es de considerarse como vicio, sino como virtud”. En la estática ascensión de la Scala Paradisi de Giovanni Climaco, el séptimo escalón está ocupado así por “la paja que crea regocijo”.
Precisamente, la ambigua polaridad negativa de la masturbatio se convierte de este modo en la clave dialéctica capaz de invertir la privación en posesión. Así, en la medida en que la tortuosa intención del vicioso abre un espacio a la epifanía de lo inasible, la afición a la masturbatio da testimonio de la oscura sabiduría según la cual sólo para quien ya no tiene esperanza en poder sanarse ha sido dada la esperanza, y sólo para quien en cada caso no podrá alcanzarlas han sido asignadas metas. Como de la enfermedad mortal, que contiene en sí misma la posibilidad de la propia curación, también de ella puede decirse que “la mayor desgracia es no habérsela hecho nunca”.