Europa


Mis análisis son muy buenos, así que acá van. Primero que nada: el mundo es un quilombo. Hay una nueva situación política, pero muy incierta, muy rara. Todo está muy raro. No se sabe qué va a pasar, qué se viene. Al mundo, ¿quiénes lo integran? Sí, los Estados Unidos. Pero no sólo los Estados Unidos. También está China, Checoslovaquia, Cuba, Inglaterra, Argentina, etc., etc. En segundo lugar, los movimientos sociales no están muy integrados a nivel continental, y eso se nota, se nota mucho, hay consecuencias graves, que luego se superan cuando llega el Mundial de Fútbol, pero después, cuando termina, vuelve la desintegración, eso se ve, es evidente. Pero bueno, es cierto que el llamado “altermundialismo” no tiene muchos miembros europeos. Y de ahí la incertidumbre, por supuesto. Los Estados Unidos son un problema fundamental, terrible. ¿Cómo los bajamos? Y hay un trabajo enorme que hacer ahí: en las atmósferas del pensamiento, la política, las organizaciones, los movimientos sociales… Europa, mirá, nuestra querida Europa tiene una necesidad inmensa de obreros y jóvenes revolucionarios. ¿Para qué? ¡Para transformar las cosas! ¿Para qué va a ser, si no? El status quo. Hay que dar vuelta la tortilla. Esto es importantísimo. ¡Importantísimo!
Una gran parte de nuestra querida Europa está siendo invadida por los pobretones que vienen de África, Asia, los países del Este. Carne de cañón. Son muy importantes todos ellos como carne de cañón de las luchas revolucionarias. Nosotros les haremos los mapas. En estas demandas yo me localizo a un lado, como siempre. Tengo un problema con los extraños, con los negros. Pero soy activo, organizado y militante. Y pienso. Las diferencias culturales… Yo lo veo todos los días en las reuniones que tenemos con los obreros africanos o los estudiantes asiáticos: me cuestan, qué sé yo. Pero bueno, el esfuerzo lo hago, y voy más allá, claro, supero mis limitaciones ideológicas, el racismo que todos los seres humanos llevamos inscripto en las células. Trato de entender al amigo africano, al amigo musulmán, por más que muchos sean analfabetos y no hayan leído un libro en toda su vida. No son como yo, eso lo sé; pero nos une la política. La política es muy buena para unir a la gente. Y si bien la situación política no es la misma para ellos y para nosotros, somos hermanos en la lucha. Brothers. Yo los oriento, les hablo. Soy como ese hermano mayor que ha vivido ciertas cosas, que tiene experiencia, y que luego da consejos. Si alguien no sabe leer, yo le enseño. Si no conoce el estado legal de los inmigrantes o de los obreros, yo se lo explico.
Estamos organizando el “Día del Amigo Extranjero”, un día de fiesta, de intercambio, de farra. Vamos a chupar y a bailar juntos con los pobres, con los africanos, con los asiáticos, con los latinoamericanos. Y así se va a ir armando la fuerza política. Ellos en la base. Y Europa… bueno, arriba. Arriba por ahora. Más adelante veremos. La idea es fomentar la vecindad, el trato, familiarizarnos. Que la gente no siga pensando que los negros no se lavan, por ejemplo. Existe una especie de guerra mundial contra los pobres, los quieren exterminar, que no estén, que no se vean. Los ocultan detrás de los árboles de las autopistas. O los confinan en jaulitas. El neoconservadurismo de tipos como el hijo de puta de Sarkozy no da para más. Es así. Todos estos reaccionarios de mierda van a ir desapareciendo de a poco, vas a ver. Sólo hay que esperar. Tengo mucha fe en eso, la tengo, y mucha tengo, eh. Pero, bueno, para eso es muy importante hacerse amigo de los negros, por más que nos cueste. Sin eso, una política de la emancipación es imposible. Necesaria es la creación de nuevas alianzas, nuevos amigos. Muy necesaria. ¿Querés ser mi amigo? Eso hay que preguntarles a los negros. Y regalarles cosas, para su cumpleaños y en otras ocasiones: una fruta, algo para comer, el televisor que nos quedó viejo, una camiseta que ya no usemos, un par de zapatos con la suela despegada. Ellos agradecen todo porque no tienen nada. Y así nos vamos haciendo amigos. Y con los musulmanes, lo mismo, igual procedimiento. Esta amistad política es una herencia del siglo diecinueve. Tenemos el ejemplo de Bouvard y Pécuchet, Holmes y Watson, etc. El siglo diecinueve está lleno de amigos, lleno de amistades. Crearemos una red de amistad transnacional, compuesta por millones de amigos de todos los colores. Cada quien tendrá su amigo del color que más le guste. Sí, una suerte de Komintern, pero mucho mejor. Los amigos serán “transnacionales” y “transclasistas”. ¡Será el amigo múltiple! El eje será la fiesta: el “Día del Amigo Extranjero”, que si Dios quiere vamos a repetir el año que viene. Pero ojo: no creo que podamos prescindir de la disciplina. La disciplina es importante. Hay que ordenarse y, de ser necesario, controlar un poco, observar. Observar los comportamientos de nuestros amigos negros, estudiarlos de cerca, ver qué hacen, qué comen, cómo se visten, qué música escuchan, qué sueños tienen, y así. El “Día del Amigo” va a ser una excelente oportunidad para esto. Hay que ser un poco oportunistas. El propio Marx lo era. Historia complicada. Pero lo importante es aprender a no tenerles miedo. Son amigos, eso hay que entenderlo.
Nuestra espalda es la filosofía, condición de la política. Platón, Aristóteles… más tarde Kant, Hegel. Todos ellos eran filósofos políticos. Les interesaba la política, como a mí, como a vos… incluso como a los negros, que también les gusta la política, por más que todavía no lo sepan. Mi relación con estos filósofos políticos es, principalmente, de interés y simpatía: me caen bien. Me sirven para pensar la Primavera árabe, Afganistán, los indignados, el peak oil, el problema de los squatters y los sin techo, el fútbol, el cine, la literatura… ¡lo que sea!
Entre los amigos blancos que tengo, está Rancière. Rancière me gusta, me gustan las cosas que dice, cómo piensa, cómo habla, todo me gusta de Rancière. Sus reflexiones en torno a la democracia son impresionantes. Mucha lucidez tiene Rancière, mucha. Es muy agudo. Al igual que yo, él piensa que todos los seres humanos somos iguales, más allá del color. Que alguien sea negro no significa que sea menos que yo. Incluso si no sabe leer y escribir. Los analfabetos no tienen la culpa de ser ignorantes. En eso coincidimos con Jacques. De Žižek me interesa la idea de la política “real”, en contraposición a una política “de la representación”. A él le gusta mezclar ciertas cosas de Lenin, del socialismo, etc., con Lacan, el psicoanálisis o el cine. Hace unas ensaladas bárbaras, pero están buenas, a mí me gustan. De Toni Negri me encanta su fidelidad al comunismo, al marxismo, cosa que no deja de ser risible si consideramos el movimiento real de la historia y los tiempos que corren. Toni siempre está con eso del comunismo, con esa parálisis. Pero no dejo de quererlo por eso, es un amigo. De Judith Butler, no deja de sorprenderme su inteligencia, su vuelo, la sutileza de su pensamiento, cómo no se cansa nunca de buscarle pelos al huevo, de hurgar, de hurgar. Es infatigable. La admiro por eso.
Pero viajemos a China. Los chinos nos van a romper el culo, ya vas a ver. No falta mucho. Ya están en todos lados. ¡Ya están chateando! ¡Ya compran en eBay! Así que agarrate. Nos van a aplastar como hormigas. ¡Y pensar que fueron revolucionarios! Qué tristeza me da, carajo… Los disfraces… a mí siempre me interesaron todos los disfraces revolucionarios de la historia, todas las máscaras: el robespierrismo, el leninismo, el maoísmo, el castrismo, el zapatismo, el chavismo. Porque el pensamiento, cuando es bien utilizado, crea las políticas libertarias, es decir, los disfraces. La relación amistosa con estos disfraces revolucionarios, desde la rebelión de Espartaco hasta hoy, es importantísima, aunque nos cueste creer en ellos. Porque ¿quién, a esta altura del partido, puede creer en algo que lleve adherido el mote de “revolucionario”? Decime, eh, ¿quién? ¡Nadie! Así que la cosa está difícil. Pero no hay que aflojar porque si no te culean.
Cuando los medios dicen: “Acá tenemos al último gran filósofo maoísta”, ¡a mí me hablan! Ése soy yo. Y es cierto, soy el último, no queda nadie como yo. Y eso es un orgullo: ese mote me hincha como un globo. Y me elevo, me elevo. Pero luego bajo, siempre hay que bajar, no quedarse ahí arriba, porque los pobres están abajo, y yo estoy con los pobres, ya te lo dije.
La filosofía es necesaria en momentos de crisis, guerras, revoluciones y desastres, ecológicos o de cualquier tipo. La filosofía es fundamental cuando las condiciones son dramáticas. Es ahí cuando hay que pensar más y mejor. No bajar la guardia. Pensar, pensar. Y con el pensamiento mejoramos la vida, ¿o no? ¡Pero sí! El pensamiento es drama, acción, sangre… Así como también paz y amor. Los hippies, por ejemplo, pensaban mucho. La filosofía no tiene límites, es infinita, ilimitada. Y nosotros, los que filosofamos, los que nos dedicamos a pensar, también. Pero con esto no quiero decir que yo, como pensador, no tenga límites. No, eso no. Tengo mis limitaciones, lo admito. No soy infalible, puede equivocarme. ¡Y a veces de hecho me equivoco, eh!
A la filosofía le interesa la verdad. No veo por qué el intelectual tenga que ser sólo un observador. Debe ser también actor, luchar. Ser un militante de la verdad, no de juguete. El intelectual no sólo debe hablar, opinar, sino también intervenir físicamente, actuar, ir a las marchas, aliarse, vitorear, desgañitarse, tomar mate o vino con los compañeros de militancia. Bajar a la calle. A veces, incluso, es necesaria la violencia: cagarnos a trompadas con la policía, incendiar algo, arrojar algunas bombas incendiarias, etc.
La verdad siempre va haciendo su camino, aunque este camino sea lento, torcido y llenos de pozos: la moda, la televisión, la literatura. No somos comerciantes que vendemos nuestras ideas. ¡Antes muerto! Si un intelectual quiere que su pensamiento sea activo, debe seguir el consejo del gran Mao Tse-tung: unir a las masas, organizar a los obreros, a los empleados, a los pobres.
No me interesan los dilemas espirituales de los electores bienpensantes defensores de la democracia y las instituciones burguesas. Hay que entender que el voto nunca causó un cambio radical. El cambio que se puede esperar del voto es diminuto, casi nulo. ¿Qué es la democracia? ¿Para qué sirve? Si de mí dependiera, suprimiría la democracia. Los Estados Unidos, Inglaterra, Alemania: democracias al servicio del imperialismo contemporáneo. La invasión, el bombardeo, el crimen de masas. Ésas son las “democracias” que organizan una guerra implacable contra los pobres del planeta. Israel, claramente colonial y militarista, como España, con sus hijos de puta de ayer, de hoy y de siempre. Hoy en día tenemos que soportar la religión de la democracia, que apesta, y cómo. Durante la ocupación nazi de Francia, esto me lo contó un tío mío, los “terroristas” eran los miembros de la resistencia antivichysta. En la actualidad, este discurso se usa para designar, por un lado, a la gente del ira o a los talibanes, y por otro, a los buenos como nosotros, como yo o Toni Negri, que no le hicimos mal a nadie. Mirame, ¿te parece que tengo cara de terrorista, yo? Pero sin embargo, sí me opongo –¡tajantemente!– a la democracia en todas sus manifestaciones políticas y culturales. El discurso sobre el “terrorismo”, entonces, es claramente un discurso de propaganda de estas pseudodemocracias que les siguen chupando la sangre a los pobres. No hay que caer en las trampas de este discurso. “Terrorismo”, “islamismo”, “crímenes contra los derechos humanos”. ¡La estupidez política internacional! ¡Nos confunden, nos embarran la cancha! Hijos de puta. Las situaciones son diferentes: Corea, Argelia, Vietnam, Cuba, Bolivia, Chile, Argentina, Panamá, Yugoslavia, Irak… ¡Pueblos del mundo, en la unión está la fuerza! Contra las democracias del Primer Mundo que quieren todo para ellas. Contra el salvaje capitalismo que nos agujerea la capa de ozono y nos inunda el planeta con sus residuos radioactivos y nos tala el Amazonas. ¡Cretinos! ¡Cerdos! Yo soy francés, es cierto, pero bueno, eso me da una vergüenza terrible. Repito: estoy con los pobres, con los negros, con los indios, con los árabes, con los desheredados, con los sin tierra, con los crotos.
Ya lo dije: es fundamental que un filósofo hable con todos, que se meta, que intervenga, que salga en los diarios, en la radio, en la televisión. Imitar a Sócrates. Pero también es necesario retirarse para pensar. Yo me retiro a menudo. Y me pongo a pensar, a pensar. Y se me ocurren cosas muy buenas, eh. Pero para eso es necesaria una formación, haber estudiado. Porque si no, el pensamiento va de acá para allá, a la bartola, y no encauza, pierde su eficacia política. Yo me formé con Sartre, ojo, más tarde con los cursos de Althusser. Asistí a los seminarios de Lacan, que me volaron la peluca. Después quedé fascinado con la lingüística de Jakobson, de Saussure, con la antropología y la etnología estructurales de Lévi-Strauss. En la época de Sartre, yo ya era un estructuralista avant la lettre. Yo a Sartre lo admiraba, pero él no era mi ídolo, digamos. Por esa época me empecé a analizar, a leer a Freud. Y un poco más tarde empecé a militar en el maoísmo. Militaba todos los días, las veinticuatro horas, sin parar. Era una máquina de militar. En las fábricas, en las huelgas, en las calles… Una época muy linda. Éramos jóvenes. Vivíamos de joda, de fiesta en fiesta. Militando, discutiendo, bailando, copulando, bebiendo, drogándonos… Yo, al menos, me drogaba mucho. Mucho hachís… Muchas mujeres, muchas novias… ¡Qué vidurria! La fiesta de la militancia… Mirá, no quiero acordarme porque me pongo a llorar. Ése fue el comienzo de todo. Hace tanto… ¡Cómo pasa el tiempo, carajo!