Docta ignorancia


A todo hombre estudioso le vendría muy bien enterarse de que es doctísimo en la ignorancia misma, la cual es propia de él, tan suya como el cuerpo que lo padece. ¡Filosofías! ¡Filósofos! ¡Mentecatos! ¿Adónde van? ¿Hasta cuándo sus porfías? ¿Eh? ¿Hasta cuándo? Pero no nos adelantemos. Empiezo, pues, así, con el despeje de mis sesos. Por el principio empiezo, entonces: por un don divino, o sea, a Dios gracias, vemos que en todos los seres naturales –hombre, perros y gatos, piedras, reino vegetal, etc.– hay cierta tendencia a existir por sí mismos, ésa es su condición natural: sólo hay que ver cómo es la cosa, abrir los ojos y mirar. Ahí están: no quieren ayuda, los seres, quieren existir por sí mismos, y para eso necesitan aire, agua, carne, lo que sea. Los parásitos también, quieren existir por sí mismos, pero no pueden, y entonces parasitan, a veces a nosotros, los humanos seres. Nos hacen enfermedades como el sarampión o las paperas. Así actúan los parásitos.
El entendimiento sano y libre conoce la verdad, la alcanza, o mejor dicho, la puede alcanzar (porque no siempre la alcanza). Como un abrazo caluroso, o un lindo beso, o el contacto de los dedos de una mano delicada sobre una zona sensible de nuestro cuerpo como las axilas, el ombligo o los testículos, sin dudar, así sentimos la verdad. La verdad de que las cosas están todas vinculadas, de que todo está en todo, y por ende, de que todo, como decía Francisco Ibáñez, que ver con todo tiene. Pero todos los que investigan, los llamados investigadores –¡esa manga de abombados!–, esto no lo ven, no ven el todo. En lo minúsculo se quedan, en los milímetros cuadrados, en los pelos de la mosca. La verdad no ven, ven poco, a veces nada. ¡Qué van a ver! Ciegos como las lombrices son, bajo la tierra están, masticando infatigablemente arcilla, raíces, bosta y humedad.
Si con detenimiento se examinan estas cosas que decir yo acabo, no será difícil encontrar detrás de ellas aquella verdad del gran Anaxágoras: todo en todo habita. Parafraseo, así, al maestro de Pericles, de Tucídides, ¡de Sócrates!, y digo: el Todopoderoso está en las cosas (en el todo), de la misma manera en que las cosas están en Él. Y así también es posible ver que el Todopoderoso, a través del universo, creado o no por Él, poco importa esto ahora, está, Él, en todas las cosas, y por lo tanto todas las cosas están en todas, y en cualquiera de ellas.
Nadie duda de que todas las figuras, a medida que las va dibujando uno, terminan a la larga o a la corta pareciéndose entre ellas: el triángulo al cuadrado, el rectángulo al círculo, y así. Por su lado, la vida se confunde con su sentido, y el sentido con la vida. La visión del cerebro natural es mentirosa siempre. Creemos estar viendo una cosa cuando en realidad otra estamos viendo. Para que esto no nos acaezca, al Espíritu Santo invocamos.
Puesto que la unidad absoluta es necesariamente trina –¡de manera absoluta!–, así la máxima unidad, como es unidad, es trina también. En lo divino, la unidad no está en la trinidad, como el todo en las partes, o el universal en las partes, sino que la misma unidad es trinidad. Tres es igual a uno, pero uno no es igual a tres. No olvidar. En el universo más lejano, donde moran los negros agujeros y la nada es posible, puede que no sea así, pero acá, en esta cocina con olor a grasa en la que escribo, sí lo es: 3=1, pero 1≠3.
Las tres entidades, llamadas “personas” para no confundirlas con el Todopoderoso, no tienen ser por sí mismas, por sí mismas no existen, nada valen, un rabanito, pero sí en relación con el Todopoderoso. Conviene prestar atención a este punto, porque en cosas divinas es fácil tropezar, es terreno peliagudo lo divino, si lo sabré yo. Así que para no mandar frutas y verduras, presto atención, hago un poco de silencio, y me doy entero de alma al Espíritu y a lo santos. Y después digo: es tal la perfección de la unidad, que la trinidad, sin dejar de ser trina, es una (pero no al revés).
Ya hemos explicado cómo podemos elevarnos con hermoso gracejo gracias al poder de la inteligencia. Dirigiremos ahora el foco a la providencia del Todopoderoso. Y ya que por lo antes dicho se ha hecho evidente que el Todopoderoso es la complicación misma de todas las cosas naturales, incluso de las cosas compuestas de múltiples esencias como el bicho-bolita, el pez-piedra o la señora-señor, nada escapa a su soberanía, nada va más allá de sus confines, porque sus confines son el todo, y el todo, sus confines. Vale decir: el Todopoderoso todo lo dispone. De este modo o de aquél otro, para arriba o para abajo. Así que: hagamos esto de acá, eso de ahí o aquello de acullá, todo en la providencia del Todopoderoso entra. Nada sucede, pues, fuera de su arbitrio de Todopoderoso. Así, también las muchas cosas en la materia que nunca tienen lugar, que son potencia pura o que, manifestándose, nunca llegan sin embargo a evidenciárseles a los sentidos humanos a causa del velo que todo lo miente, también están bajo las leyes de la providencia del Todopoderoso.
Acerca de la verdad nada puede decirse o pensarse que no esté complicado, y por ende, falso es. Es fácil demostrar, por el contrario, que no puede haber más que un máximo de todos los máximos, y ese máximo es el Todopoderoso. Y es máximo aquél al que nada puede oponérsele, porque si oponemos, en mínimo devenimos, como las cosas que sólo con el microscopio de lente archipotente apenas, con suerte, son visibles: amebas, paramecios y cosas de esa suerte.
Así, la unidad infinita gobernada por entidades y fuerzas que sólo pueden responder, dada su bella y firme dependencia, al Todopoderoso, no es complicación, enredo, sino vasta unidad, pura y clara, simple como la tierra que recibe a la simiente acogiéndola en su seno, y soporte da así luego a las raicillas que alimentan al plantín, plantín que el labriego, si de indolencia no adolece, cuida con esmero porque ésa, y no otra, es la labor que el Todopoderoso le ha asignado, etc.
Pero, acechando siempre, está el modo de la complicación y la explicación. Sólo las mentes así son de darse de cabeza: mentes filosofales, minúsculas, que creen que aquello dispuesto así en el universo todo –reitero: creado o no por Él, no me importa– por el Todopoderoso es plausible de sondeos, necios y torpes desciframientos, a la papaver comparables en su poder narcotizante. ¿Quién podría entender, con la pequeña mente humana, cómo es hecha por la gran mente divina la pluralidad vastísima de las cosas, en cuanto el entender de Dios es su ser en lo infinito, y por ende, inescrutable, abundantísimo en misterios? Nadie.
Si esto se lleva al mundo de los números, considerando que cualquier número es la multiplicación del uno por ese mismo número realizada por la mente, así el Todopoderoso, que es unidad, se multiplica en las cosas, puesto que el entender, de matemáticas incluso, es su ser. Sin embargo, se comprende que no es posible que la unidad, que es infinita y máxima, se multiplique. ¿Cómo, pues, se entiende la pluralidad?, o ¿cómo se entiende la multiplicación cuando no hay nada que multiplicar? Eso nadie lo entiende, es complicadísimo. De esto deducimos que no puede ser explicado el Todopoderoso por esta vía. Podríamos decir, sin embargo, que porque el Todopoderoso está en la nada, en todos lados o en cualquiera, surge así la pluralidad de las cosas. Quítese al Todopoderoso de la criatura y no quedará sino la nada. Así es esto.
Ahora, puesto que gracias a estos razonamientos nos viene creciendo una fe indudable en el Todopoderoso, sostenemos firmemente que las premisas sobre su existencia son verdaderas y, convencidos, decimos que, dejando a un lado la plenitud del tiempo, Jesucristo, siempre bendito, es el primogénito de todas las familias, las humanas y las otras, por aquellas cosas que operó divinamente, siendo hombre por encima de los hombres, ser por encima de los seres, y por otras cosas que Él, siempre veraz en todo, afirmó de sí mismo, y por aquellos que habiendo hablado con Él dieron testimonio con su sangre, constantemente, de un montón de circunstancias probadas hace tiempo con infinitos e inefables argumentos. Por todo esto, aseguramos que Él es Aquél, ése que toda criatura, desde el principio, esperaba que viniera a salvarnos, y aquel que, según los profetas, había de aparecer en el mundo para arreglar los despelotes. Vino, Jesucristo, para darles un sentido a todas las cosas, ya que Él, por encima de todas las cosas, enseñó todo lo oculto y secreto de la sabiduría, perdonando, como Dios todopoderoso, los pecados que cometemos a toda hora, resucitando a Lázaro, multiplicando los pescados, los panes, el novi, caminando por encima de las aguas sin hundirse ni ahogarse, curándoles las llagas horribles a los leprosos, etc.
Éstas y muchas otras cosas más muestran los testimonios de los queridos santos, ya que Él, Jesucristo, es Dios y hombre al mismo tiempo, y así, gracias a Él, la humanidad a la divinidad puede unirse y ser unidad con ella a través de la divinidad del Verbo, puesto que la humanidad, que no entiende un sorete, en sumo grado y en toda plenitud no puede existir más que en la divina persona del Hijo. Y por esto, como está por encima de toda nuestra comprensión intelectual, concebimos a este señor llamado “Todopoderoso”, que se unió al hombre para darle una mano en las tinieblas en las que andaba boyando. Elevando y elevando aún más nuestro entendimiento, consideramos que, estando el Todopoderoso en el centro mismo de todas las cosas, y todas en Él por reciprocidad unánime, damos este asunto por cerrado porque nada ya más humano puede decirse que no haya sido dicho ya un poco más arriba.
Recibe ahora, Todopoderoso respetado y amado, lo que hace mucho tiempo deseé ofrendarte –¡equivocadamente!– por los varios caminos en los que me bifurqué como un idiota –los placeres de la carne, la espirituosa bebida, el escolazo, etc.–, hasta que, regresando por mar de Grecia (creo que gracias a un supremo don dado por el Padre de las Luces, de quien todo lo procedente es bueno en grado sumo), fui llevado a comprender las cosas incomprensibles de modo incomprensible en la docta ignorancia, trascendiendo las verdades cognoscibles humanamente.
Recibe, te decía, entonces, estas palabras mías, que no son mucho, es cierto, pero es lo que hay. Sé, convencido estoy, y mucho, de que todas las cosas se prosternan ante aquel que se zambulle de cabeza en ti o en el dulcísimo Jesús, hijo de la santísima María y del santísimo carpintero, José llamado, que gorda vista hizo a los pata de lana; aquel para quien no hay ninguna dificultad, ni en la Escritura ni en el mundo, ya que el espíritu de Cristo mora en él, guiándolo.