Titanes

Gilles: Empiezo como los niños pequeños, hablando de mí, digo: “A Félix lo conocí hace quince años, en un simposio. Me llamó la atención su inteligencia portentosa. Él, por su lado, conocía, claro, mi obra, y esperaba cosas de mí. Empezamos a hablar y enseguida nos entendimos. Al minuto salió el tema del psicoanálisis. “Años y años de psicoanálisis te van idiotizando”, me dijo. “Cada vez peor, cada vez peor. Al final ya no ves nada.” Me enamoré de él inmediatamente. A partir de ahí, nos tiramos juntos a la pileta. Y nadamos. Nuestros cuerpos se inflaron. “Somos máquinas deseantes”: ésa fue otra de las cosas que me dijo Félix ese día. Una frase como tantas. La tiró al pasar, se le cayó. Después vino la cosa de la máquina, de los esquizofrénicos, del inconsciente. Yo tenía la impresión de que era él el que iba adelante, y yo atrás, siguiéndolo lejos. Félix es brillante. Sin embargo, nos trenzábamos en discusiones interminables. Pero Félix… Félix es también un tipo macanudo, afable. Así, mágicamente, por momentos tenía la impresión de que yo era él, Félix, y no yo. Todo se mezclaba, era un quilombo… Sólo con el inconsciente ya teníamos como para quince capítulos. Después Félix empezó a meter la palabra “falo” en las conversaciones (y en los textos), y a mí no me gustó, no al principio. Después me acostumbré. “Etcétera”, en el contexto de la estructura, era nuestra piedra de toque, mucho más que desterritorialización, que a mí me encanta. Uno de nuestros mejores hallazgos conceptuales. Lo importante… No sé… Y acá entra Lacan. Lacan decía que Félix tenía una deuda con él, lo cual era mentira, una vil mentira. Que después te cuente él. Una historia bastante oscura que nos sirvió para darnos cuenta de quién era en realidad ese señor que se escondía detrás del moñito. Pero bueno. Y entonces, como Félix tenía ese problema con Lacan, no quería usarlo cuando escribía sus cosas. Un boludo. Yo se lo dije, le dije: “Vos estás loco, Félix, dejate de joder, Lacan es clave”. Y lo entendió, lo convencí. Porque estábamos con eso de Lacan, con esa frasecita inocente que aparece en uno de sus seminarios: “Nadie ayuda”. Entonces nosotros decidimos ayudarlo. ¿Cómo? Con su propia medicina. Se lo tenía bien merecido. Me explico. Dejamos de lado los conceptos. Conceptos como “clivaje”, “forclusión”, etcétera. Decidimos, en cambio, jugar con las ideas, ideas importantes (pero “malas”) que el mismísimo Lacan había dejado de lado porque no le interesaban. Ideas muy buenas que, por la misma época, estaban en la cabeza de pensadores como Carlos S. Balaá. A partir de un momento nos pusimos a trabajar sobre los totales: total a mí qué, si total, y así. Así que la carta robada: todo estaba sobre la mesa, con obviedad, para nosotros. ¡Y nadie lo veía! En ciertas ocasiones nos escuchábamos, pero la mayoría de las veces Félix me ignoraba y yo a él. Así y todo nos entendíamos. Nos entreteníamos haciendo agujeros. En todo lo que encontrábamos. A menudo, una idea, nos venía una idea, cualquier cosa. Y enseguida la perforábamos, le quitábamos el relleno, nos quedábamos con la cáscara vacía. Hasta que Félix un día propuso algo muy interesante. No me acuerdo qué, pero era algo que nos iba a permitir salir del pensamiento, abrir el juego hacia otras realidades. De la conciencia… Propuso esto, y aquello, y esto de allá, y así. Félix es un tipo hiperimaginativo. Trabajamos un mes, y de golpe, ¡zas!, estábamos ya en otro contexto, otra forma, o sea. Leímos para eso una cantidad enorme de libros sobre los temas más dispares, de todo. Chatarra, mucha basura, libros-basura pero muy interesantes, y así volvimos a dar otro salto. El objetivo era desarmar a Edipo, a Edipo mismo, a Edipo Rey, a Edipo en Colono y así. Mostrar la miseria del psicoanálisis: su discurso coercitivo. Encontramos, encontramos de todo. Armas. Nos armamos hasta los dientes. Y nos pusimos a escribir, como locos, día y noche… Félix ve la esquizofrenia como un ciclo. Un ciclo épico, digamos. Tuercas, tornillos, tarugos, clavos, pinzas, picos de loro, serruchos, martillos, etcétera. Toda una ferretería. Esa serie, que a primera vista no parece encerrar ningún interés, nos sirvió para encauzar el trabajo. De ahí surgieron iridiscencias, resonancias, precipitaciones, líneas de fugas… ¡Todo un libro! Y las larvas, que nunca faltan, claro, siempre hay larvas, estados larvarios que nosotros supimos aprovechar porque somos muy curiosos: a Félix y a mí todo nos interesa. Y nada nos arredra. Así vamos… Él me da cosas y yo también. Terminamos escribiendo a cuatro manos, él una frase, yo otra, él una frase, yo otra, él una frase, yo otra: así. Después mezclamos todo porque era muy simple y no nos convencía: queríamos ir más allá, más alto. Tiramos por la borda el trabajo idiota de esos meses. Y volvimos a empezar. Hasta que de eso algo quedó: ésa fue la génesis de la primera versión.

Félix: por mi parte, vengo del palo izquierdo, de la “voie communiste”. Y años, años de resistencia izquierdista, attenti: antes de Mayo del 68 escribí las “Nueve tesis de la izquierda”. A mis enemigos (la reacción) los aplasté. Agitaba mucho. También trabajé en la famosa clínica La Borde, en Cour-Cheverny. Jean Oury la fundó, fundó la clínica, en 1953. Su objetivo era continuar las experiencias de Tosquelles. A mí me atrajo particularmente una de las ideas de Jean: la transversalidad. “Agrupar, agrupar, agruparnos, juntos, juntos, reunidos, juntos.” Ése era su lema, o algo así. También Lacan había dicho sus cosas sobre el tema… Ay, Lacan. Por esa época, el prestigioso autor de El Seminario me empezó a acosar por una plata que él decía que yo le debía, lo cual no era cierto, esa plata yo se la había devuelto. Intimidaciones, cartas documento. Sí, como escuchaste. Una historia nefasta… Pero sigamos con la transversalidad de Jean Oury, hermana de los puntos de fuga de Gilles, que a mí me parecen muy estimulantes para pensar el pensamiento y muchas otras cosas, como los universales o las categorías a, b y c. Así que bueno, me hice pasar por enfermero y entré a laburar en la clínica. ¡No sabés la cantidad de esquizofrénicos que había! Pequeños esquizofrénicos, pero esquizofrénicos al fin. Yo aspiraba a una suerte de antipsiquiatrismo, a una cura que no curara, a algo totalmente inútil, y por eso mismo, muy necesario. Lo hablé con Gilles: él me alentó. “Me dijo: Félix, vos sos Félix, no te olvides de eso”. Y eso me dio el impulso necesario. Yo amo a los esquizofrénicos, te lo aclaro por si no lo sabés, siempre me han atraído. Hay que vivir con ellos, dormir con ellos, hablar con ellos. Tienen muchas verdades para enseñarnos. Los problemas de los esquizofrénicos son problemas auténticos, no como los nuestros que no son problemas de verdad, son falsos problemas de burgueses, de neuróticos que nos ahogamos en un vaso de agua. Bueno, entonces, como enfermero entro. Empecé a establecer un vínculo con uno de estos locos. Y lo grabé, lo registré. Con el magnetófono. Pero hagamos fast-forward. Mayo del 68. Gilles y yo. Mitmann. ¿Quién es Mitmann? Buena pregunta. Él ya conocía nuestro libro. ¡Y eso gracias a Mayo del 68! Para los que dicen que el Mayo no sirvió para nada. Ahí tienen: Mitmann leyéndonos. Sin embargo, Mitmann no es Gilles, no es Félix. Carecía de nuestro talento. Y así la psicosis le dio una paliza. Se metió con “el otro”, pobre infeliz. ¡El otro!, ¡el otro!, ¡el otro! ¡Cómo rompieron las bolas con el otro! Y siguen, todavía siguen, son incansables… También Levinas, sí, el pobre y soporífero Levinas, el tiempo y el otro… ¿En qué estaba?… ¿Por dónde iba?… Sigo. El trabajo de Gilles es mi trabajo: cuando trabajamos juntos tenemos un solo cerebro. Eso es lo que me gusta de trabajar con Gilles. Gilles es terrible, no sabés lo que es, un bocho, tiene unas ideas geniales todo el tiempo, yo a veces no lo puedo seguir, empieza con algo, agarra el hilo y lo sigue, lo sigue, lo sigue, y te perdés, te juro que te perdés: es un poeta. Inventó un montón de cosas: cuerpos, órganos, puntos de fuga. O: el cuerpo sin órganos, sin orden, en fuga constante. Es un honor trabajar con él. En nuestro libro, las operaciones lógicas no existen, no sé si sabés eso. Lo que nos interesa es la intensidad. Nada más. Por eso, a mí sobre todo, incluso más que a Gilles, me interesa el doblez, el otro lado. La pseudoliteratura, por ejemplo. O la pseudofilosofía. Falsos ofrecimientos, falsas continuidades. Nuestros libros… La política no me interesa, hablar de política, lo que sale en los diarios, toda esa mierda. No. ¡No! En ciertos aspectos, Freud tenía razón. A veces da en el clavo. ¡Conciencia! Ése es el material clínico verdadero. Después vino la psicosis, Bleuler y las juventudes hitlerianas. Y esto es así hasta el final: toda novedad psicoanalítica no es tal. De Melanie Klein al pelotudo de Lacan. Nada nuevo. Siempre, siempre, siempre la psicosis y la psicosis y la psicosis y la psicosis ad nauseam. Por otro lado, ¡el cajón de Tausk! Es posible que Freud, al confrontar sus ideas analíticas, se haya asustado y entonces ésa sea la causa de su fracaso. Puede ser. No sé, quién sabe. Más tarde entró Schreber. Para él todo es ambigüedad. Y está bien. O no. No sé. La ambigüedad de los esquizofrénicos. Hay temas que son sumamente desagradables de tratar. Ahora bien, ¿vos estás seguro entonces de que Freud entendió algo de la maquinaria del deseo? Yo no. El deseo, la maquinaria del deseo, no es un descubrimiento del psicoanálisis. No nos confundamos, eh.

Gilles: El blanco de nuestros ataques no es la ideología del psicoanálisis sino el psicoanálisis como práctica coactiva y ortopédica. Entendámonos. En esto no hay contradicción: al pan, pan y al vino, vino, ¿me seguís? Al principio parece que sí, pero no. A la larga no lleva a ninguna parte. Esto es lo que Félix y yo llamamos “el idealismo del psicoanálisis”, su sistema de absurdas proyecciones. El análisis debería conducir a reducir, e incluso a anular, no sólo el deseo sino todas las configuraciones simbólicas del “sujeto deseante”. Pero no. Va para otro lado, apuntala, quiere entender, interpreta. Por eso Félix, como enfermero de la clínica, orientó su trabajo a devenir esquizofrénico. Porque él también quería entender. Y devino, sí, y deviniendo, pudo ver. Porque ¿qué mejor manera de entender a un loco que volverse loco? Si no: seguimos afuera. En esto, el inconsciente es clave. Es clave porque desmonta, pulveriza, vacía. Pero vayamos a Oedipus. La catexis. ¿Qué cuernos es la catexis? Te explico: la reducción de las catexis sociales de la libido (de ciertas catexis) es una desviación del deseo, como una distracción momentánea, algo así. Félix define ese proceso como un “desfamiliarismo coordinado”. No hay nada librado al azar. Y acá entra Oedipus otra vez, pero por otra puerta. El psicoanálisis no inventó a Oedipus. Por eso nosotros hablamos de fascismo. Cualquier vínculo concebido edípicamente es una apropiación, una interpretación, y como tal, falsa en el peor sentido. Hay que suprimir de una vez por todas la llamada “máquina deseante”, la omnipresente razón, y dar lugar a las formaciones inconcientes, plurales y despersonalizadas. Atacar a Oedipus, sí, pero no para demostrar alguna cosa. “No a un modelo proyectivo de perfección superior.” Ése fue nuestro lema. La esclavitud, las deudas infinitas. ¡Basta! Basta. Desintegrar a Oedipus. De padres a hijos: un pasaje. Tropiezo con muchas estupideces. En todos lados: Oedipus, Oedipus. Si hay que entablar un combate, debe dirigirse contra la psiquiatría materialista, contra la producción versada del deseo. Insisto con esto, es fundamental. El delirio. El delirio es muy importante. Ocupar el campo social histórico y, rizomáticamente, dinamitar. Dinamitar las máquinas deseantes y parlantes. Castrar: los teléfonos celulares, la televisión, los blogs, Facebook, Twitter, la mierda fascista. Circulaciones represivas de sentidos, la muerte misma, aburrimientos mayúsculos. Por eso, el esquizofrénico como punto de partida, como emblema para desmantelar esas usinas. Foucault dijo que el psicoanálisis es sordo a las voces irracionales. Sí, no las lee, no sabe leerlas. No puede leerlas. No le da. El psicoanálisis se apropia, descifra, quiere entender. Anula lo rizomático de las relaciones intersubjetivas; de ahí su peligro, su nocividad.

Félix: Sí. Nos propusimos denunciar, porque a veces hay que denunciar. El fascismo generalizado de los enunciados taxativos. La mierda apodíctica. Estamos en la prehistoria pero vamos a llegar, vamos a llegar, a algún lado vamos a llegar. ¿Adónde? No lo sé. Pero vamos, eso es lo importante. Hay que seguir. El fascismo está en su salsa, por eso. Y crece, crece, no para de crecer. Hay que escuchar. Nadie escucha. Una máquina archirrevolucionaria que termine de una vez por todas con la estafa del deseo. Que no quede nada. Es el precio que hay que pagar. Una contramáquina, mejor. Revolucionaria, propia, ácrata, y que cada uno aprenderá a manejar. Yendo a las catexis de las que recién hablaba Gilles, hay dos: la catexis de la pérdida y la catexis del logro. La catexis de la pérdida puede ser muy pero muy revolucionaria. Desarticular el discurso psicoanalítico en su totalidad. Y los intereses de este discurso, ya sean económicos o políticos. Frustrar, cortar, anular el deseo, el imperio. Despertar a las clases oprimidas. O que el deseo asuma una actitud revolucionaria. Hay que entender que el deseo está en el origen de la infraestructura. Con Gilles coincidimos: no confiamos en las ideas, las ideas son una mierda, todas, ¡todas las ideas! Basta de ideas. Acabemos con la putísima ideología. Los aparatos antirrevolucionarios hay que hacerlos estallar en mil pedacitos, hacerlos puré, merda. De un nuevo paradigma estamos hablando. La culpa la tienen los moralistas, hay que exterminarlos. Ellos son los responsables de la sumisión, trajeron la obediencia, inventaron las jerarquías, la televisión, las computadoras, la telefonía celular. Realimentaron la opresión, idearon las fronteras para las clases pisoteadas. Para chupar y engordar. A este fascismo onmipresente, nos oponemos, Gilles y yo, ambos. Sin embargo, hay que esperarse lo peor, por supuesto, se vienen tiempos difíciles. Y no dejar de investigar, de seguir investigando las máquinas del deseo, las organizaciones del campo social. Abrir los abscesos, hacerlos supurar. Por orden. Proponemos la fiesta de la resistencia. En contra del consumo, no consumir nada, ni pan. Si es necesario, morirse de hambre.

Gilles y Félix (a dúo): Una escuela de esquizofrenia sería una idea excelente. Liberar las corrientes, ir un poco más lejos. Éste dijo que no puede ser, pero aquél sí, y a ése escuchamos. Al insujetable autor del disparate: recientemente fue publicado en el Observateur un artículo terrible de un psiquiatra nazi que para qué te contamos. Daba pruebas de no se qué. Agarramos las armas. Y salimos a la calle. A matarlo. Después nos tranquilizamos. Y volvimos. Decidimos esperar. Si denunciamos las corrientes modernas de la psiquiatría y la antipsiquiatría, es por algo. Algo de eso. Es el momento de actuar: demoler los hospitales psiquiátricos, todo, asesinar a los freudianos, y sobre todo a los lacanianos, estos últimos son la peor lacra del planeta. Terminar con el negocio de la transferencia. No es difícil. Un loco, ¿qué es? Con la esquizofrenia ahí, ponerla. Mostrar cómo son las cosas. Congelamos el debate. Arrivederci! ¡Y somos vencedores! No es tan difícil. Ésa es nuestra propuesta, más claros no podemos ser. Al esquizofrénico le gusta la naturaleza clínica del hospital, y el hospital, a su vez, necesita del esquizofrénico. Por eso, el esquizofrénico del hospital es alguien que probó y no le gustó. Probó tanto, y falló, se desplomó. No decimos que el revolucionario es esquizofrénico. Decimos que hay un esquizofrénico en proceso, cuya mutación es evitada gracias a la maquinaria clínica. Y que sí: en el fondo es un revolucionario, a la larga. La esquizofrenia es intocable, por eso es revolucionaria. No hay decodificación posible, nada de qué agarrarse, nada. De ahí que nosotros decimos: capitalismo y psicoanálisis, psicoanálisis y capitalismo: con ese matrimonio hay que terminar. La paranoia capitalista, la productividad. El esquizolibro no entra en ese flujo, claro. Es así. No hay posibilidad de asirlo, se escapa por todos lados. Beckett, Artaud. Mugidos de hombres libres. Miramos así la nave del delirio, descubrimos que tiene dos mástiles: el mástil fascista paranoico y el mástil esquizoide revolucionario. Oponerse a la fuerza con palos. Esto es lo que nos interesa: dar palos a troche y moche. En cuanto a la responsabilidad o la irresponsabilidad de nuestros actos, no hay nada que decir: se las dejamos a la policía, a los psiquiatras y a los teóricos de la literatura.