El sujeto cuestionado

Un poco de entusiasmo, empecemos por ahí: rastrillar la mayor cantidad posible de sujetos, atraerlos, decirles: escuchame, vos vas a seguir por acá, no te me vas a escapar, te tengo, pagá. Para eso, las circunstancias, ningún atenuante, que vengan de donde sea. Si hay malentendidos, y bueno. Ab initio, no tengo mucho, todo muy disperso, pero déjenme, déjenme, ya voy a decir. Queremos hablar del sujeto cuestionado. ¿Quién lo cuestiona? Yo y ya vamos a ver quiénes más. El designo de nuestro seminario de los miércoles es, como hasta ahora, producir enunciados cuyos núcleos de significaciones se desvanezcan en el aire como gases, girando, girando, utilizando la mayor cantidad posible de palabras, girando, girando, pero eso sí: cuestionando al sujeto. En relación con el cuestionado sujeto, partiremos del psicoanálisis. El psicoanálisis, cuando está atravesado por esta exigencia altísima de sujetar al sujeto a través del lenguaje, es bueno. Si no, no, no es bueno. Un buen psicoanalista sabe de qué hablo. Conducir al sujeto a cuestionarse –sujetándose– supone, eso sí, mucha responsabilidad (y talento). Es grato comprobar cómo el sujeto intenta escabullirse, quiere esquivar los bultos, el asunto no le gusta, algo se olfatea, no es boludo, y uno que lo va siguiendo de atrás, despacito, armándole el camino, soplándole en la oreja palabras para que él pueda sujetarse. Éste es el verdadero bautismo del sujeto. Antes no existe. Recuerdo un paciente… Se hizo habilísimo en esto. Hablaba como yo, podía seguirme, me entendía. Lo tuve veinte años. Una buena cosa es limpiar al sujeto, lavarle las preocupaciones concernientes a la inutilidad del tratamiento. Porque el sujeto no quiere cuestionarse, eso está claro, y nosotros le proponemos, así, de encuentro en encuentro, que aprenda a limpiarse. Pero hay que aprender, seguirme. El dinero no lo quieren largar, el respeto y el prestigio, si es que lo tienen, lo quieren conservar, y de este modo, se sabe, el tratamiento no se aviene con el éxito. Quien nos lee da un primer paso en la siguiente observación: que el inconsciente da un asiento poco propicio para reducirlo a lo que la referencia de los instrumentos de precisión designa como error subjetivo sin renuencia a añadir que el psicoanálisis no tiene el privilegio de un sujeto más consistente sino que más bien debe permitir iluminarlo igualmente en las avenidas de otras disciplinas. Así hay que hablar: proliferando en el vacío. Esto es lo que quiero de mis pacientes. Que me sigan. Pero para eso hay que cuestionarse. Cuestionar al sujeto, pincharlo, llevarlo a la selva de mis significantes, y así, después él solo aprende a armar sus propias frases, a lucirse con los amigos cuestionándose y cuestionándolos, y entonces de un día para otro queda bien sujeto el sujeto, pero cuestionado. No es complicado, para nada. Ustedes, por ejemplo… En fin. Esta empresa de envergadura nos distraerá de momento. El sujeto al que se califica (significativamente) de paciente, el cual no es sujeto estrictamente implicado por su demanda, sino más bien el producto que se desearía determinado por ella, es decir: al pez-sujeto, cuando se lo pesca, se ahoga. En nombre de ese pez-paciente, la escucha también será paciente. Es por su bien. Por eso lo cuestiono y lo cuestiono, no hablo, me quedo ahí, espero, no hablo, espero, pongo cara de “te estoy interpretando”, no hablo, espero, espero, y así al sujeto lo sujeto del cogote. Está en mis manos. Esa paciencia y esa mesura son hiperimportantes. Pero después de todo, bueno, ya se sabe: la incertidumbre que el sujeto experimenta sobre la finalidad misma del análisis hay que destruirla. Hay que inocular en el sujeto la necesidad de la repetición de la experiencia, de la importancia de lo que no sucede, y así, así, poco a poco, se va sujetando, sujetando. La técnica también hay que cuestionarla, pero aparentemente. A partir de observaciones oportunas y calculadas, armamos la escena: fingimos que dudamos, pero no, no dudamos. A veces, el sujeto ve, se da cuenta, tiene destellos extremadamente singulares en la verbosidad de su confesión, y ahí entonces le salimos al cruce y le decimos “sí, sí, tenés razón”, fingimos cuestionar el poder del trabajo, de nuestra disciplina, de las horas y horas que pierde viniendo a vernos, y eso mismo refuerza los lazos, es muy efectivo: sigue pagando. ¿No podríamos, a partir de ahí, concebir entonces el psicoanálisis como la práctica perfecta para la sujeción del sujeto? No nos adelantemos. Pero sí: cuestionándolo, sujetamos al sujeto a su cuestionamiento. Es redondo. La paradoja ilumina la naturaleza del psicoanálisis. Porque si el psicoanálisis ha tenido hasta ahora un campo específico, nosotros venimos a ampliarlo perfeccionando el arte milenario de la coacción. El sujeto adquiere nuevas adicciones, sí, pero aprende a cuestionarse. Poco entiende aquel que sospecha de nuestros métodos. En realidad, no saben nada. Esto es científico. El psicoanálisis nació de la ciencia, eso lo sabe todo el mundo. Que hubiese podido surgir de otro campo es inconcebible. Nada de esoterismos, nada de eso. ¿Qué decir de los errores evidentes que nutren nuestro trabajo? Los buscamos desesperadamente. Un ejemplo. Si yo digo: “La beatitud que habría que considerar inaugurante del desarrollo libidinal y los milagros asombrosos de la obtención de la madurez genital, junto con la facilidad sublime para moverse en todas las regresiones (de izquierda a derecha, y viceversa) son más bien el espejismo de la completud del sujeto, que se confiesa sin embargo mutilado a la hora de deambular por el camino del ideal de sí mismo, demasiado apartado, por supuesto, de su experiencia real”. Si digo eso, ¿qué digo? Nada. El sujeto se va acomodando a esas proposiciones, las va incorporando, las mama, las mastica, y luego, poco a poco, las comienza a significar-replicar, y el lenguaje, por su lado, al tiempo que lo afea (al sujeto) con su jerigonza, le otorga una seguridad que de otro modo no tendría, ya que de lenguaje somos, no de carne. En eso consiste todo nuestro trabajo. Parece simple, pero no lo es. Lleva años domesticar a un sujeto. Durante los primeros años, hay mucha resistencia. Al tercero o cuarto año, si no huye, lentamente empieza a dejarse penetrar por mi lenguaje, a dejarse cuestionar. En la última etapa está solo, cuestionándose y cuestionando, completamente sujetado. Pero nunca sale de mi habitación, porque ese espacio-símbolo es una auténtica usina productora de sintagmas a los que el sujeto recurre para seguir cuestionándose. Si lo abandona, deberá encontrar otro semejante para seguir trabajando en la renuncia de su completud. Es la castración, para llamarla por su nombre. La neurosis oral universal. De ahí venimos y allá vamos. Pero no hay que entrar en pánico. Hay que tomarse las cosas con soda. No hay desesperación en estas palabras, nada de eso. El psicoanálisis sirve, ¡claro que sirve!, sirve para que todo siga como está. Vuelve a aparecer, pues, la cuestión del grandioso beneficio de esta curiosa fabulación. Sin duda, el practicante aún no endurecido no es insensible a esta realidad. Pero privilegiará lo que él cree que es hermenéutica, abrigará su verdad, se engañará, y ahí será dichoso, alimentándose, una y otra vez, con las hilachas folclóricas del mito. Precisamente. El vicio, la cómica cofradía de los interpretados. Y sí. Pero bueno, no hay que irse para el lado del nihilismo. Protejan este secreto. La teoría, que acostumbra encandilarse con sus nimiedades, va y viene, va y viene, siempre insípida, no se cansa, se apropia, hilvana, postula, apuntala, aburre; por eso se vuelve tan necesaria la práctica. Intentamos un “álgebra” que dé respuestas precisas a preguntas precisas. ¿Es mucho pedir? ¡¡Sí!! Somos codiciosos, insaciables, queremos todo, nada nos llena, nos alcanza. Deseamos. No sin el presentimiento de que nunca saldremos de ahí, esclavos, atiborrados de preocupaciones sobre el sujeto y su cuestionamiento y cosas así. Eso es todo lo que podemos decir aquí, remitiéndonos a nuestro ombligo, a los desarrollos importantes de nuestros afectos y de nuestras emociones, si es que todavía nos quedan. Lo que se impone subrayar aquí: la rentabilidad de nuestra verdad. Con esto llenamos nuestras alcancías. No hay error, no falla. El sujeto cuestionado es la mercancía perfecta. Pero hay que crearla. Gracias a nuestra práctica empieza, el sujeto, a descubrir que lo que más ama en el mundo es ser apreciado “fríamente”, “lógicamente”, “inteligentemente”. Cuestionándose, adquiere dotes intelectuales, aprende a tener razón. Nunca más tendrá vacaciones, trabajará para nosotros veinticuatro horas al día, hasta en los sueños, que nosotros interpretaremos en función de la moneda que nos deje. Acá Marx se vuelve imprescindible para entender nuestro trabajo. Ir más allá, más allá; más allá de Freud, que al lado de nosotros era nadie. Sabemos lo que nos conviene. Sabemos, mucho es lo que sabemos. Con eso nos ahorramos muchas cosas. Las cosas están carísimas. Lo que tenemos para ofrecer, entonces, es un auténtico teatro. Funciona, lo hemos probado. El sujeto cuestionado, así, es el protagonista de una representación que nosotros le ayudamos a construir. El argumento es sencillo: hay que cuestionarse. Si no, no sos, no existís. Clase media con guita, gente cultivada, almas bellas, busquen por ahí, no falla. Pero no hay que acotarse, hay que ampliar, extender, propagar, difundir el deseo, enseñar a desear, inocular el “¿con tan poco me voy a conformar?”. ¡¡Eso es clave!! No hay sujeto cuestionado que esté conforme con su vida. La infelicidad es la base de nuestro negocio. Un sujeto feliz no nos sirve; el rastrillado debe estar orientado a esquivar a los sonrientes. Si tenemos eso en cuenta, nuestra práctica fluirá como el agua por los caños. ¡¡Nunca lo olviden!!