Ascenso y descenso del entendimiento


La piedra. Empecemos por la piedra, ente pasivo, no-ser, ni gustable ni odorable: percibe la vista, y por esa misma potencia visiva, comprende el entendimiento el color y la figura de la piedra. El hombre, cerrados los ojos, no ve la piedra, no la ve, no ve nada. ¡Pero la imaginación la imagina! Imaginamos la piedra, forma, color, etcétera. La piedra tiene pasiones, y el afato la nombra, a veces como sujeto y otras como predicado. (¡Ploc! ¡Ploc! ¡Ploc! ¡Piedras me tiran! ¡¡¡No!!! ¡¡No!!) La piedra. Si la tenemos en la mano, sentimos su dureza, su frialdad, su peso, su ligereza, etcétera. Vuelve a descender el entendimiento a la piedra. La piedra. En la piedra hay agua, hay tierra, es elemento movible con movimiento violento y natural: violento cuando se la arroja y natural cuando cae: ploc. (¡Ploc! ¡Me las tiran! ¡Ay! ¡No! ¡Duele, bárbaros, duele!) La piedra hace parábolas, bellas parábolas. La vista ve que el imán subyuga al hierro, así como lo perfecto atrae a lo imperfecto, y lo mezcla con él, confunde todo, y el hierro, tocado así, se dirige al Norte o tramontana o septentrión, hacia regiones frías o húmedas u hostiles. Duda el entendimiento si esto es verdadero o falso, porque la piedra es ladina, se escabulle, está y no está. (¡Ploc! ¡Ploc! ¡Auch! ¡¡Porquerías!! ¡Ésa sí que dolió!) La piedra. La vista ve que si mezclamos una cosa blanca (cal) con una cosa negra (carbón), el color que resulta es gris (y no rojo u azul, etcétera). Esto el entendimiento lo sabe. La potencia tactiva en todas sus cualidades de la piedra, en diferentes números, en un mismo sujeto que oye, toca, ve, etc., no es más que eso que pronuncia el afato cuando, percibiendo a la piedra, asciende su entendimiento y así, estando satisfecho de su ascenso, por medio de esas cosas que le son naturales, desea alcanzar el conocimiento del ente metafísico, y, descendiendo a lo sensible, conoce que por los sentidos o la imaginación puede alcanzarlos, por ser insensible e inimaginable. A veces le repugna lo que el afato ha proferido.
Vamos ahora a la llama. ¿Qué es la llama? Ve la vista la llama y dice el sujeto: esto es una llama. La llama. (¡Ploc! ¡Ploc! ¡Ay! ¡Ploc! ¡Detengan el martirio! ¡Auch! ¡¡Bárbaros!!) Toca el tacto la llama, entonces, y, sintiendo en ella calor, el afato pronuncia que el calentar es acto de la llama y como tocando la mano el hierro ardiendo no sólo siente calor sino que se quema y dolor siento, del mismo modo dice el afato que el quemar y causar dolor son también actos de la llama. (No siento, empiezo a no sentir. ¡No me importan estas piedras! ¡Tiren nomás, tiren, animales! ¡Brutos! Hablo, hablo, hablo, hablo, hablo, hablo, hablo, hablo. ¡No pienso callarme! In partibus infidelium!! ¡¡Aguanto!! ¡¡¡Tiren, tiren!!!) La llama. La llama: cuando la mano se ha quemado, uno no siente el calor que sentía teniéndola inmediata a la llama antes de tocarle; y para salir de esta sorpresa vuelve a descender a lo sensible y halla que el gusto cuando está enfermo no siente lo dulce de la miel de abejas o de la mermelada de frutilla o de la banana con dulce de leche. Y la imaginación vuelve entonces a caer en la duda del entendimiento. Pero si el entendimiento se hace científico puede ver esas pasiones de la llama; ve la potencia visiva que el agua apaga y sofoca así a la llama como el ascua o el carbón encendido, y así el afato pronuncia que la llama tiene pasión, pasión de llama, más grande que la de la piedra pero no tanto como la de la verde planta. No obstante, hay accidentes. Pero esto nada que ver tiene con la llama. La negrura es la propia pasión de la tierra, y así, descendiendo la vista, vemos la tierra. Y la llama sale de ahí, no de lo alto. Queda probado, así, que la llama (¡Ploc! ¡Ploc! Me elevo, no siento: alto entendimiento. ¡Ploc! Tiren, no hace mella, ya. ¡¡Ja, ja, ja!!), la llama, decía, es especie real. La llama está junto con su esencia: la flameidad.
Es el turno de la planta. La vegetativa está en la planta como la llama en la torcida, pero es invisible, intangible e ingustable. De la vegetativa o elementativa, sale el radificar, el troncificar, el ramificar, el foliar, el florecer y el fructificar. La planta, como la piedra, tiene pasiones: es decir, radifica, truncifica, etcétera. La odorabilidad, por ejemplo, es la pasión de la manzana Red Delicius. Las manzanas vienen de Río Negro; las aceitunas, de San Juan, La Rioja, y así. Por lo que arriba se ha dicho, conoce que no, que no conoce. Y desciende, después de subir (el entendimiento), desciende. Pero duda, el entendimiento duda: ¿sí o no?, ¿verdadero o falso? El entendimiento entiende todo esto, y así desciende. (¡Ploc! ¡Ploc! Sus bárbaras piedras… tiren… tiren… ay… sus bárbaras… no me duelen… ya… sus bárbaras pedradas… ay… un poco… perdónalos, no, no… no me alcanzan la esencia.) Así que, entonces, entonces el entendimiento ve un arca hecha de leño por el artífice, y que el afato pronuncia. Duda, para variar, el entendimiento si la manzana y manzaneidad (o esencia) se distinguen o no, y así desciende al tacto, el cual percibe la piel de la manzana, su suavidad, su lisura, sus accidentes, pero la esencia, no, no la distingue ni por causalidad. El ente planta tiene muchas más cosas, pero bueno, la cortamos acá.
El bruto. El león es el más noble de los brutos: elementa, vegeta, siente, imagina y leona. Todas esas cosas hace el rey de la selva. Además: ve, oye, huele, gusta, toca, ruge, caza, se rasca, come, copula, duerme, defeca, etcétera. Hace de todo. El león es un bruto, un ente a quien propiamente le compete leonar, es decir, ser un león, así como el vegetado es un ente a quien le compete vegetar. En el león, naturalmente, hay actos, pasiones y acciones que, debido al naturativo, son activas: por eso, el león leona a la leona, y así, pone en la matriz de ella las semillitas de su forma naturada. Además, el feto leonesco recibe de ella su naturaleza de leona. Así, también el ciervo puede saltar por encima de una piedra, dejando en ella su rastro, y en entendimiento inquiere: ¿de qué modo el perro saca de él su especie? Y entonces, desciende a la potencia tactiva que, como se ha dicho en el caso de la piedra, a través del contacto, atrae la similitud de la frialdad de la misma piedra. El perro olfatea la piedra y deduce el rastro del ciervo. ¿Y el león? ¿Conoce su ser, su esencia de león? No. Pero sí sabe que no es piedra, que no es planta, que no es ciervo, que no es perro, que no es caballo. Así como la fuente origina el estanque, y del estanque salen los arroyos, los riachos, del género león sale el león, que la vista ve, así como en entendimiento entiende. Pero ¿entiende realmente? A veces pareciera que no, que no entiende, porque todo se le confunde y se le mixtura, y nos decimos si Dios no ha hecho de las suyas en todo esto, en dejarnos sin poder dar la respuesta a las cosas que en apariencia son de lo más simples. Así, entonces, ¿el león es león? No lo sabemos.
Llegamos al hombre. Ay, el hombre. Sus actos son: sembrar, coser, vestir, montar a caballo, pintar, comprar, vender, hacer necesidades, escribir, leer, enseñar, hacer oración, yantar, eructar, injuriar, fecundar, saquear, tener mascotas, etcétera. En el hombre hay más de ser y esencia que en el león. ¿Por qué? Porque el hombre razona y su esencia es la racionalidad. Puede amar y memorar, que son de la esencia de lo racional, y así realiza actos más elevados y nobles que los del bruto león. En tanto que desciende a la imaginación, imagina que la unión es posible y entonces el deseo nace y, bueno, en el bruto y en el hombre se hace la unión, se encastran y así nace lo fabuloso: centauro, minotauro, sirena, etcétera. La imaginación imagina que cuando Platón engendra a Sócrates lo deduce al acto, y así cree que del entendimiento de Platón, de su alma, nace Sócrates y participan de un ser común (Platón-Sócrates), de lo mismo en cuanto al alma (como se ha dicho ya). La vista ve el cuerpo muerto de Sócrates, que antes había visto vivo, y por eso duda el entendimiento si el alma de Sócrates muere como el cuerpo. Y entonces asciende a considerar que la Divina Potestad es infinita, y que una cosa sale de la otra, Sócrates de Platón, y así, del manzano la manzana, de la manzana las pepitas y siguiendo en esa dirección llegamos a entender y a amar a Dios, a pagar por nuestros pecados, a pedir perdón, a hacer oración: por ser todo esto muy digno y justo. Ascendiendo y descendiendo, ascendiendo y descendiendo, ascendiendo y descendiendo: así vamos por la vida, perdiendo y encontrando el entendimiento, perdiéndolo y encontrándolo una y otra vez. Dios: allá lejos nos mira pero no atiende porque el hombre, que nació del lodo, chapotea en él, y de él no sale, sino que se deleita ahí, le gusta enlodarse, y por eso Dios le da la espalda. Dios creó y desordenó todas las cosas corporales para su servicio y para que el mismo hombre con todas ellas se embrollara. Pero no hay que embrollarse porque Dios no lo quiere así por más que eso parezca, sino que Dios es bueno, más que santo, finge ser malo pero al hombre ama, así como el hombre debería bendecirlo y alabarlo mucho para conseguir méritos y más méritos y alcanzar la gloria eterna. Esto es muy importante: inquiere el entendimiento, y así desciende, desciende, desciende a los concretos, que están en las mismísimas esencias, como, verbigracia, en el entendimiento, el intelectivo, inteligible y entender; en la voluntad, amativo, amable y amar; y en la memoria, memorativo, memorable y memorar, y porque estos concretos, sí, se distinguen en especie, conoce el entendimiento que las expresadas potencias se distinguen en esencia. Parece, pero no es complicado. (¡Ploc! ¡Ah! Piedras, volvamos acá, a las piedras, me había olvidado, estoy en el hombre y hombre soy, arriba, me elevo, me elevo, me elevo, no me alcanzan… ¡Ja, ja, ja! ¡Ploc! Ésa sí dolió, no me elevé, no, todavía no me elevé, ay, lo suficiente. ¡Perdónalos, Señor, no saben lo…! ¡Ploc! ¡No, no los perdones! ¡¡Bárbaros!!) Y termino con el hombre que nada se merece, no, nada, el estúpido hombre.
El cielo, su turno. Sí, el cielo. Entiende el entendimiento que en el cielo hay mover, elementar y celestiar. Es decir que el cielo se mueve, elementa y celestia, en ese orden. Pero para entender eso, el entendimiento desciende a la piedra, en la cual el ignificar, aerificar, acueificar y terrificar están en movimiento por medio del calentar, humectar, enfriar y desecar, los cuales actos son permanentes dentro de la piedra y no salen ad extra. Y así conoce el entendimiento (pero a veces no conoce). A causa de que el cielo es primer móvil, e incluye el primer mover, es su propia pasión la primera movilidad. Inquiere el entendimiento, ascendiendo, los doce signos: Aries, Tauro, Géminis, etcétera, y así deduce las acciones: de Aries, la diurnidad, la masculinidad, la motividad; de Tauro, la feminidad, la nocturnidad, la inmotividad; y así con los demás signos, deduce los regentes, etcétera. El cielo es bueno, es bello, es grande, es celeste, es virtuoso; además, tiene apetito; por eso vemos desaparecer en él aviones, nubes, rayos, etcétera. El cielo fue creado, no es eterno, empezó un día y va a terminar otro. ¿Cuándo? Un día. Dios creó el cielo, y su divina bondad le otorgó al cielo finita bondad, su divina grandeza, grandeza finita, su divina potestad, finita potestad, y su divina eternidad, finita eternidad, y así. Porque si no fuese de ese modo, los divinos atributos no serían exclusivos de Dios, y el hombre podría tenerlos, y entonces el hombre podría haber creado el cielo, lo cual es imposible y disonante a la razón. Y así terminamos, porque el entendimiento entiende que el mundo no puede ser eterno, que un día acabará, y el hombre con él, y eso es motivo de mucho deleite.
El entendimiento, ahora, desea adquirir ciencia y conocimiento del ángel, pero como el ángel es invisible, inodoro, inaudible, insípido e intocable, es dificultoso conseguirlo. Es el ángel, de todas las criaturas, la más parecida a Dios. Es casi Dios, pero no. Es más intensamente individuo que cualquier estrella o planeta o aerolito, ya que él no tiene partes angulares, circulares ni lineales, ni está colocado en lugar ni obligado a moverse. En el ángel no hay aumento ni disminución, no crece, no engorda, etcétera. Durante toda su eternidad. Engendra el ángel al ángel, pero sin cópula. Dice: he aquí un ángel otro, y así otro ángel es creado, y así se multiplican. Pero la esencia del ángel no disminuye, es decir, por más que el ángel se fraccione en mil o en dos mil ángeles, tantas esencias serán creadas con ellos, y así el ángel no pierde virtud. Una cosa. (¡Ploc! Ahora sí, ahora sí. Ya estoy, ya estoy. Casi pasé. Ya estoy. No falta mucho. Ya estoy. No siento. ¡Bárbaros!… ¡Ploc! ¡¡Bárbaros!!… ¡Ploc! Mejor callar, callar, callar. ¡Alto entendimiento!) Entonces, sí, una cosa curiosa del ángel es que tiene actos peregrinos, compuestos objetivamente, como cuando objeta un objeto entendiéndole, amándole, recordándole; pero el entendimiento se admira de que en esos actos del ángel pueda haber composición. Y así, baja la mano, agarra una piedra, la toca, la acaricia, la huele, y con eso comprende la composición de los actos peregrinos angelicales. Acá me preguntan por los angelitos. Los angelitos son, claro, ángeles, ángeles que de su esencia candorosa e infinitamente bonificativa, de tanta, fueron empequeñeciendo, empequeñeciendo, y a la par se fueron redondeando hasta volverse gorditos. Para terminar: todo esto es deseable y amable por la divina voluntad, y así, ella y el divino entendimiento se vuelven uno, ergo la producción de ángeles es deseada por la divina voluntad, que es una con la divina potestad, ergo hay ángeles, existen.
Dios. Sin dudas el mejor de todos los seres. Recuerda el entendimiento que dijo Isaías profeta: “Si no creéis, no entenderéis”, y así el entendimiento quiere creer para entender que en Dios hay razones y designios que nunca, ¡nunca!, se podrán entender. Dios es insabible, inescrutables son sus móviles. Es un ente que existe por sí mismo y por sí mismo es lo que es. La misma naturaleza de Dios se activa naturando, porque el naturante es activante y personante, el cual es la misma naturaleza, produciendo el naturado personado, que es otra persona, y todo esto con el naturar por amar, el cual es otra persona, y así toda la naturaleza divina es activa pasionada. La bondad de Dios (como infinita y eterna) es bastante para bonificar todos los bonificables, y así, servato proportione, es del entendimiento divino, el que por razón de su infinidad y eternidad todo lo comprende entendiendo, y esto por sí e inmediatamente. Cuando Dios creó el mundo, su divino entendimiento quedó un poco aturdido: ¿qué hice? Pero después le fue gustando. El problema vino cuando creó al hombre y vio lo que el hombre hacía con su entendimiento, que no lo usaba, que el mal hacía, y entonces se enojó, y de ahí la cólera de Dios, que es implacable, y parece malo pero no lo es, no. De eso se deduce que si Dios no se encolerizara, no sería Dios, porque su misma esencia sería ociosa e imperfecta, y lo sería también su unidad de Padre, Hijo y Espíritu Santo, y así con su bondad, su grandeza, su eternidad, etc., y su divina potestad sería impotente, su divina sabiduría sería ignorante, su divina misericordia sería inmisericorde, su divina grandeza sería minúscula, y así con los demás atributos, y Dios carecería así de aquello que lo hace sublime y perfecto, y no tendría por ende naturaleza, y existiría por accidente y contingencia, lo cual es imposible y falto de toda razón, porque como se sabe Dios es necesario como el agua, el aire, el sol, o el vino para el beodo que, sediento, reclama su copón. (¡Ploc! Me voy muriendo y está bien que así sea, porque el hombre muere, y yo soy hombre. ¡Ay, piedras, bárbaros! ¡Ploc! Piedras, ah, tiren más, tiren, salvajes, ya no duelen, mi alma vuela, flota, chau, me voy, les regalo mi cuerpo, estoy salvado, me salvo, me uno a Dios, me confundo, me pierdo, mírenme, mírenme, brutos, miren cómo me voy… el frío del bronce me sube por los patas.) Y así Dios es intocable por el verbo.